Michael Klare
La guerra que se cierne sobre Irán
(La Jornada)
Conforme Estados Unidos
aceita su maquinaria para atacar a Irán, una cosa es segura: el gobierno de Bush nunca mencionará que el petróleo es una de las razones
para entrar en guerra. Como en el caso de Irak, se dirá que son las armas de
destrucción masiva (ADM) la principal justificación para el asalto. "No
toleraremos la construcción de una arma atómica (por parte de Irán)", dijo
el presidente Bush en una declaración de 2003, muy
citada.
Pero así como no haber
encontrado armamento ilícito en Irak desgastó el uso de las ADM como razón
principal de la invasión, alegar ahora que un ataque a Irán se justificaría
debido al supuesto potencial nuclear de Irán debiera invitarnos a un
escepticismo generalizado. Sobre todo, cualquier evaluación de la importancia estratégica
de Irán para Estados Unidos debe centrarse en el papel que juega en la ecuación
energética global.
Antes de proseguir, quiero
dejar asentado que no creo que el petróleo sea la única motivación tras la
aparente determinación de Bush de destruir la
capacidad militar iraní. Actualmente no es posible determinar con certeza qué
tanto peso tiene el factor petróleo en las decisiones del gobierno, pero dada
la importancia que ha tenido la energía en la carrera y la visión de varios
altos funcionarios de esta administración, y asumiendo los inmensos recursos
con que cuenta Irán, sería ridículo no tomar en cuenta el factor petróleo. No
obstante, pueden estar seguros de que, conforme empeoren las relaciones con
Irán, los reportajes y editoriales de los medios estadunidenses
desviarán el foco del asunto (como hicieron en la escalada que condujo a la
invasión en Irak).
Otra advertencia: al hablar
de la importancia del crudo en el pensamiento estratégico estadunidense
con respecto a Irán, es importante ir más allá de la cuestión obvia de si Irán
tiene el potencial de satisfacer los futuros requerimientos energéticos de
Estados Unidos. Porque Irán ocupa un punto estratégico en el lado norte del
Golfo Pérsico, lo cual lo pone en posición de amenazar los campos petroleros de
Arabia Saudita, Kuwait, Irak y Emiratos Arabes
Unidos, que juntos poseen más de la mitad de las reservas petrolíferas
conocidas del mundo. Irán se asienta oblicuo al Estrecho de Hormuz,
esa angosta vía de navegación por la que a diario cruza más de 40 por ciento de
las exportaciones petroleras del mundo. Además, Irán se convierte en un
abastecedor importante de gas natural para China, India y Japón, lo que le
confiere a Teherán un golpe de mano adicional en los asuntos mundiales. Son
estas dimensiones geopolíticas de la energía y el potencial iraní de exportar a
Estados Unidos cantidades significativas de crudo las que dominan los cálculos
estratégicos del gobierno de Bush.
Dicho lo anterior,
procedamos a evaluar el futuro potencial energético de Irán. Según las cuentas
recientes del Oil and Gas Journal, Irán aloja el segundo yacimiento de crudo sin
explotar del mundo, que se calcula en 125 mil 800 millones de barriles. Sólo
Arabia Saudita posee más, con un estimado de 260 mil millones de barriles.
Irak, el tercero en la línea, tiene un estimado de 115 mil millones. Con tanto
crudo -cerca de una décima parte de las existencias totales supuestas-, Irán
tiene la certeza de que juega un papel clave en la ecuación global de la
energía, no importa qué otra cosa ocurra.
Sin embargo, en el caso de
Irán no es la mera cantidad lo que cuenta. Su capacidad de producción a futuro
no es menos importante. Aunque Arabia Saudita posee reservas mayores, hoy
produce petróleo muy cerca de su tasa máxima sostenible (unos 10 millones de
barriles diarios). Es probable que no sea capaz de elevar su producción
significativamente durante los próximos 20 años, mientras la demanda global
-impulsada por el aumento en el consumo de Estados Unidos, China e India- se
espera que crezca 50 por ciento. Irán, por su parte, tiene gran potencial de
crecimiento: hoy produce cerca de 4 millones de barriles al día, pero se supone
que es capaz de elevar su producción otros 3 millones de barriles. Muy pocos
países, si es que hay alguno, poseen este potencial, así que la importancia de
Irán como productor, ya de por sí significativa, está en camino de crecer en
los años venideros.
No es únicamente petróleo lo
que Irán posee en abundancia. Tiene también gas natural. Según Oil and Gas Journal,
Irán cuenta con 940 billones de pies cúbicos de gas, es decir, 16 por ciento de
las reservas totales del mundo. (Sólo Rusia tiene mayores existencias.) Dado
que aproximadamente 6 mil pies cúbicos equivalen al contenido energético de un
barril de petróleo, las reservas de gas iraníes equivalen a 155 mil millones de
barriles de crudo. Esto, a su vez, significa que sus reservas de hidrocarburos
combinadas equivalen a 280 mil millones de barriles de crudo, un poco por
debajo de las existencias combinadas con que cuenta Arabia Saudita. Hasta el
momento, Irán explota sólo una pequeña porción de sus reservas de gas. Esto
significa que es uno de los pocos países capaces de abastecer grandes
cantidades de gas en el futuro.
Todo esto para decir que
Irán juega un papel crítico en la ecuación energética mundial del futuro. Esto
es especialmente cierto, porque la demanda global de gas natural crece más
rápido que la de cualquier otra fuente de energía, incluido el crudo. El mundo
consume actualmente más crudo que gas, y se espera que las existencias de
petróleo se contraigan en un futuro no muy distante, conforme la producción
global se aproxime a su nivel pico sostenible -tal vez para el ya próximo 2010-
y luego comience a declinar gradual pero irreversiblemente.
No hay duda de que las
principales compañías energéticas estadunidenses
estarían encantadas de poder trabajar con Irán en el desarrollo de estas vastas
existencias de crudo y gas. Sin embargo, hasta ahora tienen prohibido hacerlo
por el decreto del ejecutivo 12959, firmado por el presidente Clinton en 1995 y ratificado por Bush
en marzo de 2004. Estados Unidos también ha amenazado con castigar a las firmas
extranjeras que hagan negocios con Irán (de acuerdo con la ley de sanciones
Irán-Libia, de 1996), pero esto no ha disuadido a muchas grandes compañías que
buscan acceso a las reservas iraníes. China, que requerirá vastas cantidades de
crudo y gas adicionales para impulsar su álgida economía, presta particular
atención a Irán. Según el Departamento de Energía, Irán abasteció 14 por ciento
de las importaciones chinas de crudo en 2003 y se espera que provea una tajada
mayor en el futuro. Se supone que China dependerá mucho más de Irán, buscando
obtener una gran tajada de su gas natural líquido. En octubre de 2004, Irán
firmó un contrato de 100 mil millones de dólares, a 25 años, con Sinopec, importante firma energética china, para emprender
un desarrollo conjunto de los importantes campos gasíferos
y la subsecuente entrega de gas natural líquido a
China. Si se consuma ese trato, constituirá una de las inversiones extranjeras
más grandes de China y representará un vínculo estratégico importante entre
ambos países.
India también se apresta a
obtener crudo y gas de Irán. En enero, Gas Authority of India Ltd (GAIL) firmó un
contrato por 30 años con National Iranian
Gas Export Corp para
transferir 7.5 millones de toneladas anuales de gas natural líquido a India. El
trato, con un valor estimado en 50 mil millones de dólares, implica también que
India se compromete con el desarrollo de los campos gasíferos
iraníes. Es todavía más notable que los funcionarios indios y paquistaníes
discutan el tendido de un ducto de gas natural (3 mil
millones de dólares) de Irán a India cruzando por Pakistán, un paso
extraordinario para dos adversarios de mucho tiempo. "El gasoducto es una
propuesta en la que todos ganamos: Irán, India y Pakistán", declaró en
enero el primer ministro paquistaní Shaukat Aziz.
Pese al obvio atractivo del
gasoducto como incentivo para la reconciliación entre India y Pakistán, el
proyecto fue condenado por Condoleeza Rice,
secretaria de Estado, durante su reciente viaje a India. De hecho, el gobierno estadunidense se ha mostrado renuente a respaldar cualquier
proyecto que brinde algún beneficio económico a Irán. Esto no disuadió a India,
la cual prosigue en los detalles del gasoducto.
Japón también tiene sus
diferencias con Estados Unidos en lo relativo a sus vínculos energéticos con
Irán. A principios de 2003, un consorcio de tres compañías japonesas adquirió
intereses equivalentes a 20 por ciento en el desarrollo del campo petrolero
marítimo de Sorouz-Nowruz,
en el Golfo Pérsico, reserva que, se piensa, contiene mil millones de barriles
de petróleo. Un año después la Iranian Offshore Oil Company
concedió un contrato por mil 260 millones a JGC Corporation
de Japón para extraer gas natural y líquidos de gas natural de Soroush-Nowruz y otros campos
marítimos.
Por tanto, al considerar el
papel de Irán en la ecuación energética global, los funcionarios del gobierno
de Bush tienen dos propósitos claves: abrir los
campos petroleros y gasíferos iraníes para ser
explotados por firmas estadunidenses y la
preocupación por los crecientes vínculos de Irán con los competidores de
Estados Unidos en el mercado mundial de la energía. De acuerdo con las leyes estadunidenses, el primero de estos propósitos únicamente
puede lograrse si se deroga el decreto presidencial 12959, y esto no ocurrirá
mientras Irán esté controlado por los mullahs antiestadunidenses y rehúse abandonar sus actividades con
uranio enriquecido.
Que el gobierno de Bush busque un cambio de régimen en Irán no está en duda.
El hecho de que Irán haya estado incluido con el Irak de Saddam
y la Corea del Norte de Kim Jong
II en el "eje del mal" durante el informe del presidente en 2002, es
un indicador inequívoco.
El liderazgo iraní está muy
consciente de que enfrenta una seria amenaza y toma todas las meddidas para evitar un ataque. Aquí, de nuevo, el petróleo
es factor importante. Con el fin de disuadir un posible asalto estadunidense, Irán amenaza con cerrar el Estrecho de Hormuz u obstruir el embarque de petróleo en el área del
Pérsico. "Un ataque a Irán equivaldría a poner en peligro a Arabia
Saudita, Kuwait y, en una palabra, a todo el crudo de Medio Oriente",
expresó el primero de marzo el secretario de Iranian Expediency Council, Mohsen Rezai.
Tales amenazas son tomadas
muy en serio por el Departamento de Defensa estadunidense.
"Calculamos que Irán puede cerrar brevemente el Estrecho de Hormuz confiando en una estrategia de capas, que hace uso de
sus fuerzas navales, aéreas y algunas terrestres", dijo el vicealmirante Lowell E. Jacoby, director de la
Agencia de Inteligencia de Defensa, en su testimonio ante el Comité de
Inteligencia del Senado, el 16 de febrero de este año.
Planear tales ataques es,
sin duda, prioridad para oficiales del Pentágono. En enero, el veterano
reportero de investigaciones Seymour Hersh informó en la revista New Yorker que el Departamento de Defensa estaba efectuando
misiones de reconocimiento en Irán, supuestamente para identificar
instalaciones nucleares y de misiles escondidas que pudieran ser objetivos en
futuros ataques con misiles. También hay reportes de pláticas entre
funcionarios estadunidenses e israelíes acerca de un
posible golpe israelí a las instalaciones iraníes, supuestamente con asistencia
de Estados Unidos.
En realidad, la gran
preocupación de Washington por las ADM y los misiles que supuestamente busca
obtener Irán viene de un miedo por la seguridad de Arabia Saudita, Kuwait,
Irak, y no de que Irán ataque Estados Unidos.
En este sentido, los
actuales planes de ataque a Irán derivan fundamentalmente de la preocupación
por la seguridad del abasto energético a Estados Unidos, como fue la invasión estadunidense a Irak en 2003.
Así que, aunque en la esfera
pública se enfocan en las ADM de Irán, las figuras claves del gobierno
ciertamente evalúan, en términos geopolíticos, el papel de Irán en la ecuación
global energética y su capacidad para obstruir el flujo global de petróleo.
Como ocurrió en Irak, la Casa Blanca está decidida a eliminar esta amenaza de
una vez por todas. Y así, aunque el petróleo no es la única razón del gobierno
para ir a la guerra contra Irán, es éste factor esencial en el cálculo
estratégico panorámico que hace probable una guerra.
Traducción: Ramón Vera
Herrera para La Jornada
Michael T. Klare es profesor de estudios de paz y seguridad mundial en
el Hampshire College, y es
autor de Blood and Oil: The Dangers
and Consequences of America's Growing
Dependency on Imported Oil (Metropolitan
Books).
© 2005 Michael T. Klare
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