Cincuenta
mil personas se manifestaron ante el Congreso contra la política foxista
Manos
trabajadoras sacudieron la muralla del pánico gubernamental
Jaime
Aviles, La Jornada, Septiembre 2
Cuando Vicente Fox entró en el Palacio
Legislativo de San Lázaro, miles de manos coléricas golpearon con la palma la
valla de acero que rodeaba el Congreso de la Unión, provocando un ruido
emocionante y ensordecedor a lo largo de un kilómetro sobre la avenida Eduardo
Molina. Aquello sonaba como los tambores de mil bandas de guerra al unísono. Eran
las manos trabajadoras del pueblo sacudiendo la muralla del pánico
gubernamental que la Policía Federal Preventiva y el Ejército colocaron,
paradójicamente, en torno del máximo símbolo de nuestra democracia.
Desde la madrugada, las 36 calles y avenidas
del primer cuadro de la ciudad presentaban el aspecto inequívoco de un estado
de sitio: destacamentos de federales preventivos, de gris, retenes militares
con soldados vestidos de negro, agentes del Estado Mayor Presidencial en traje
civil fisgando recelosos, o más bien ofreciendo un espectáculo de temor y
desconfianza arrancado del arcón de los peores recuerdos.
Cerradas todas las clínicas del Instituto
Mexicano del Seguro Social y todas las sucursales de Luz y Fuerza del Centro a
lo ancho del valle de México, el Zócalo era intransitable a menos que los
peatones tuvieran salvoconducto. Pero ante tal exhibición de pavor, más de 50
mil personas se congregaron ante el Congreso, a partir de las tres de la tarde,
para sitiar al gabinetazo, a los
senadores y diputados del PRI y del PAN y, sobre todo, al Presidente que las
había sitiado.
Con sus característicos altavoces que por
momentos ululaban como sirenas de ambulancia, los coordinadores de los grupos
sindicales del IMSS transmitieron fragmentos iniciales del
"desinforme" foxista, apoyando sus micrófonos abiertos sobre la
bocina de sus radios portátiles, y cada vez que el titular del Ejecutivo
pronunciaba una frase rimbombante, los improvisados locutores aprovechaban la
consiguiente pausa para deslizar comentarios mordaces que la gente, a coro,
remataba así: "¡Uno! ¡Dos! ¡Que chingue a su madre Fox!"
O así:"Guantutrí, que chingue a su madre
el PRI". O así: "Trituguán, que chingue a su madre el PAN".
Estaba furiosa la gente. Y cuando se cansaba
de maldecir al Presidente y a los partidos políticos que destruyeron el
contrato colectivo del Seguro Social, en una maniobra legislativa que será
impugnada ante la Suprema Corte de Justicia de la Nación, los insultos iban
contra la madre de Santiago Levy, a quien muchos carteles reprochaban su
escandaloso sueldo de 250 mil pesos mensuales, bofetada en el rostro de quienes
perciben 7 mil como médicos o 3 mil como enfermeras.
Allí estaban solidarios, con sus gabardinas
amarillas contra la lluvia que a media tarde chispeó apenas, los numerosos
miembros del Sindicato Mexicano de Electricistas, que hicieron un mitin por su
parte frente a la explanada de la delegación Venustiano Carranza. Había
contingentes, en menor proporción, de la Central Unitaria de Trabajadores
(CUT), de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) y del
Frente Popular Francisco Villa, así como de los derechohabientes, no menos
ofendidos.
Pero la novedad arquitectónica del día era la
valla gris, recurso extremo de una Presidencia de la República palpablemente
hueca, vacía, agotada, que termina canjeando las banderas del cambio
democrático por este cinturón sanitario de acero, tras el cual miles de
elementos de la Federal Preventiva permanecían disfrazados de Rambo con escudos
y caretas de plexiglás, toletes de palofierro y granadas de gas lacrimógeno que
arrojarían, al final de la fiesta, en el colmo de la desesperación.
Un ataúd
de Irapuato
La valla, dicho está, corría a lo largo de
Eduardo Molina, pero reaparecía, más allá de la colonia 10 de Mayo, en el cruce
de la avenida Congreso de la Unión y la calle San Antonio Tomatlán. Luego
volvía a mostrarse alrededor del mercado de La Candelaria en las calles de
Emiliano Zapata, Corregidora y otras más en un perímetro de 4 kilómetros que
estaban vacías. Los sindicalistas se habían concentrado en la avenida Molina,
pero como los rumores preveían que Fox podría entrar por la esquina de Congreso
y Tomatlán, allá también fueron a montar guardia.
Bajo el puente del Metro elevado y ante una
discreta dotación de federales preventivos de a pie y de a caballo, el Frente
Francisco Villa estacionó una camioneta de sonido -llena de tortas, como se
vería después- y colgó cuatro altos retratos, a saber: de Carlos Marx, Federico
Engels, Lenin y (¡ay nanita!) José Stalin. Pronto fueron reforzados por un
grupo de mujeres y niños de la CUT, tras los cuales llegaron 20 muchachos del
FPR, con sus banderas rojas de hoz y martillo, y sus mochilas repletas de
piedras, palomas y cohetones que no tardaron en usar.
Tal como hicieron el 28 de mayo en
Guadalajara, cuando provocaron la represión de los gorilas del gobernador
panista y yunquista, Francisco Ramírez Acuña, y el encarcelamiento de más de
cien jóvenes inocentes, de los cuales 19 siguen presos, aquí también, con
trapos en la cara y sudaderas de capucha comenzaron a lanzar, en el orden
acostumbrado, primero botellas de plástico, después las piedras que ellos
mismos cargaban y por último verdaderas rocas que extraían al seccionar pedazos
de banqueta.
Durante cinco minutos -eran las 17:10 horas-
hicieron llover sus proyectiles sobre los uniformados, que esquivaban los
golpes en sus monturas. Pero entonces intervino Gregorio Miranda, responsable
del grupo de señoras y niños de la CUT, y les dijo estas palabras: "¡No
vengan a montarse en este acto! ¡Traigan su propio contingente, no se monten en
éste! ¡Nuestra lucha es pacífica y no vamos a permitir que nos
desorganicen!" Y como los del FPR se le estaban poniendo al brinco, desde
el equipo de sonido un orador del Francisco Villa los aplacó señalando:
"no será con la guerra entre nosotros mismos como vamos a derrotar al
gobierno".
Al ver que las mujeres de la CUT iban hasta
la otra esquina dejándolos solos frente a la valla y los antimotines, los del
FPR cesaron las hostilidades. A cinco calles de allí, de espaldas a la muralla
de Eduardo Molina, había una escena surrealista: un ataúd gris, pero de verdad,
un auténtico producto de funeraria, flaqueado por dos bases de cirios (sin
cirios) y adornado con un letrero que me recordó el humor de la pequeña
burguesía de mi infancia: "IMSS, Importa Madre Su Salud". Alrededor
del sarcófago había más de una docena de ancianos de uno y otro sexos, adustos
y silenciosos en sillas de tijera, exhibiendo carteles como éste:
"¿Gobierno humanista en Guanajuato? ¡No! Gobierno del garrote".
Eran todos vecinos de Irapuato, encabezados
por Maricarmen Mendiola, quien explicó que eran todos derechohabientes del
IMSS. Venían a México a recordarle a Fox que, en 1998, hicieron un plantón
frente a la clínica T-1 del Seguro Social, en protesta por el pésimo servicio
que había llevado a la muerte a varios de sus familiares. Y no olvidaban que
una noche fueron "atacados a puñaladas" por una pandilla de golpeadores
que "le cortaron la mano" a un señor. Fox era el gobernador del
estado y nunca, afirmó la señora Mendiola, "nunca los castigó ni nos hizo
justicia. Por eso estamos aquí".
Se rompe
la valla
Después de una prolongada espera de las tres
a las siete de la noche, los manifestantes supieron que a las 19:09 horas, en
un camioncito blanco, estaba llegando Fox al Congreso. Y fue allí cuando miles
de manos aporrearon la valla durante diez minutos, creando una tensión que no
iba sino a incrementarse una hora más tarde.
Atentos a las interpelaciones que recibía el
Presidente en la tribuna, los sindicalistas del IMSS reseñaban las principales
desde su potente cabina de sonido local. A las 19:55 horas dijeron:
"Compañeros y compañeras, en estos momentos los diputados del PRD están
gritando: '¡Seguro Social, patrimonio nacional!' ¡Un aplauso para ellos!"
Y todos batieron las palmas repitiendo con los legisladores de adentro:
"¡Seguro Social, patrimonio nacional!", pero también "¡ni un
voto al PRIAN, ni un voto al PRIAN!"
Y de repente, por sorpresa, los muchachos del
FPR lograron derribar dos secciones de la valla, lo que suscitó la reacción de
los antimotines detrás de la misma. Estos mandaron traer refuerzos y rejas
metálicas, que trenzaron con la geometría de la tridilosa inventada por Heberto
Castillo, es decir, en triángulos, mientras dos docenas de escudos taponaban el
agujero recién abierto.
Desde las bocinas de los sindicalistas del
IMSS brotaron urgentes llamados a la calma y de rechazo a los provocadores,
pero éstos incrementaron la violencia bombardeando con piedras y cohetones a
los uniformados. Las explosiones y las nubes de humo comenzaban a multiplicarse
detrás de la valla, al igual que los exhortos a la calma.
Al ver que las cámaras de la televisión y la
prensa disparaban sus luces y flashes sobre la escena, los del sindicato del
IMSS se desgañitaron repitiendo que no eran ellos los culpables del desorden. "Compañeros,
nuestra lucha es pacífica. ¡Retírense de la valla, retírense o los medios van a
decir que somos nosotros, ya saben cómo nos traen de por sí!"
Después de 25 minutos de cohetones y
forcejeos a cargo del FPR -que entre sus filas comenzaban a reprocharse el uso
de la pólvora, según oyó este cronista, "por compas que andan borrachos"-,
la Federal Preventiva respondió con gases lacrimógenos, mientras las bocinas
del sindicato del IMSS acusaban al gobierno federal de "mandar
provocadores para reprimir al pueblo", al tiempo que una señora de triste
mandil, charola en mano, pregonaba sin parar: "hay tortas, joven, hay
tortas".
Pasando de las palabras a los hechos, un piquete de fornidos sindicalistas se abalanzó contra los provocadores, situándose ante el boquete de la valla para alejarlos, cosa que enardeció a muchos trabajadores del IMSS, que se fueron encima de los encapuchados. Las bocinas ordenaban: "¡Encapsulémoslos!" (sic). Todo terminó a las 20:35 horas, cuando los pocos sindicalistas que quedaban cantaron el Himno Nacional. Y las bocinas se apagaron antes de recordar, por millonésima vez: "Esto es el principio de la lucha, compañeros. ¡Organícense!"