JORGE LUIS SIERRA
Desde Irak
*Jorge Luis Sierra y el fotógrafo Raúl
Fajardo estuvieron recientemente en Irak. Esta es la crónica que Jorge Luis
Sierra escribiera para el periódico mexicano
El Independiente.
1. El pragmatismo iraquí
Con Estados Unidos tenemos a un socio al que estamos
obligados a aceptar. Debemos tomar de ellos todo lo que podamos en el menor
tiempo posible y luego deshacernos de él. Si ellos toman 90 por ciento de
nuestro petróleo y nosotros nos quedamos sólo con el 10 por ciento, no importa,
si para nosotros eso es suficiente para reconstruir Iraq. Bussines is
Bussiness.
Así piensa Ziad Cattan, presidente del Consejo del Distrito
9 Nissan de Bagdad, uno de los más grandes en esta ciudad de 8 millones de
habitantes. Cattan, impuesto por la Autoridad de los Poderes de la Coalición
(CPA, por sus siglas en inglés), equivale en nuestro sistema político a un
presidente municipal.
Con estudios en Polonia y Alemania, Cattan no es cualquier
alcalde. Es quizá el líder iraquí más occidentalizado, tiene el grado de doctor
en economía, habla con fluidez el inglés, el polaco y el alemán, y tiene el
derecho de picaporte con el embajador Paul Bremer. En unos días, Bremer le
entregará cerca de medio millón de dólares que Cattan requiere para construir
escuelas y pavimentar calles en su distrito, entre otras necesidades.
Ziad Cattan goza de tantas simpatías en el gobierno de
ocupación que se le ha dado como oficina lo que fue el cuartel general de la
Fuerza Aérea del régimen depuesto de Saddam Hussein. Y no sería extraño que en
unos años, Cattan llegue a ser
gobernador de Bagdad o presidente de Iraq, si es que los atentados de la
resistencia iraquí se lo permiten.
“No tengo miedo”, dice Cattan, uno de los mejores
representantes de la nueva corriente del pragmatismo que cunde entre la
generación de políticos iraquíes de la era post Saddam Hussein que aceptan
hasta las peores dimensiones de la ocupación militar, con tal de obtener los
recursos necesarios para reconstruir a su país.
La autoridad ocupacional cambió el nombre del Distrito que
gobierna ahora el doctor Cattan. Antes era el distrito 7 Nissan, en conmemoración
del día en que Saddam Hussein llegó al poder. Ahora es 9 Nissan en conmemoración
del día en que empezó la invasión estadounidense.
Esta clase de políticos se ha convertido en uno de los
objetivos predilectos de las operaciones armadas de la resistencia iraquí.
Apenas hace dos semanas, Aqila Al-Hashimi, una diplomática perteneciente al
Consejo de Gobierno iraquí, murió luego de varios días de agonía tras un
atentado el sábado 20 de septiembre. Todos los colaboradores de la fuerza de
ocupación esperan un ataque tarde o temprano y viven en los hoteles
fortificados de Bagdad, protegidos con alambre de púas, policías, efectivos y
tanques del ejército estadounidense. Cattan está viviendo en uno de ellos,
alejado de su familia. Al-Hashimi pensó distinto y permaneció en su casa a
pesar de que las condiciones de inseguridad empeoraron en los últimos días.
Cattan consiguió que Paul Bremer le diera todo el apoyo. El
jueves pasado, Bremer le entregó el edificio de lo que fue la fuerza aérea
iraquí en una ceremonia custodiada por un regimiento blindado del ejército
estadounidense, un agrupamiento de fuerzas especiales, principalmente rangers,
y un grupo de helicópteros que sobrevolaban la nueva oficina de Cattan. Afuera
de las instalaciones, se encontraba una barrera de decenas de blindados que
dirigían sus armas hacia el barrio pobre que rodea al enorme campo de lo que
fue la fuerza aérea.
La movilización militar fue equivalente al miedo que se
tiene a los atentados de la resistencia. El edificio de la fuerza aérea fue
reconstruido para la ocasión y en lugar del gran retrato de Saddam Hussein en
la fachada del edificio, los estadounidenses intentaban colocar dos mantas con
la leyenda “Trabajando por un futuro democrático mejor y más brillante para
Iraq”, una escrita en inglés y otra escrita en árabe.
Todo parecía extraño y fuera de contexto: los líderes iraquíes
que obedecían instrucciones del gobierno estadounidense; los militares que
organizaban y preparaban la logística de la reunión; el pianista iraquí que se
la pasaba tocando Carnavalito, Bésame mucho o A mi manera. Toda una ceremonia
al American style con alfombra, saxofón, cocacola, niños iraquíes
vestidos con las indumentarias típicas de las etnias de este país, discursos.
Si uno levantaba la vista podía observar a los francotiradores del Ejército
estadounidense o el sobrevuelo de los Black Hawk artillados.
El nuevo alcalde le presentó a Bremer a sus 34 consejeros
del distrito 9 Nissan, formaditos y sentados en una mesa oval donde esperaron
por varios minutos la llegada del embajador. La reunión de los consejeros
estuvo organizada por soldados con uniforme, oficiales de civil y agregados políticos
del cuerpo diplomático estadounidense. Todos los consejeros comenzando por su
presidente, Ziad Cattan, se ven dispuestos a colaborar con la fuerza de ocupación.
Y Bremer, con ellos.
“Nosotros seremos como Alemania”, dice Cattan una noche
antes de tomar posesión de su nueva oficina, mientas cena en el lobby de uno de
los hoteles fortificados de Bagdad. El alcalde del distrito 9 Nissan considera
que Iraq puede tomar el modelo de Japón o Alemania que aceptaron la colaboración
con el Ejército y el gobierno de ocupación con tal de reconstruir exitosamente
sus economías.
Salam Subhí, tío y asesor de Cattan y un exmiembro del
servicio diplomático iraquí, menciona que el mejor ejemplo de una buena relación
de cooperación con Estados Unidos es Puerto Rico. “Estados Unidos lo reconoció
como el estado 51 de la Unión Americana, y ahora quiere que Iraq sea el estado
número 52”, afirma. “Nadie pudo hacer lo que ellos hicieron en Iraq, Se
necesitaba toda su fuerza militar. Si no fuera por ellos, Saddam Hussein seguiría
aquí para siempre”, dice Subhi.
Estadounidenses e iraquíes tardaban en ponerse de acuerdo
sobre qué manta debe de ir primero, si la escrita en inglés o la escrita en árabe.
Finalmente los estadounidenses aceptaron que la manta en inglés quedara
levemente debajo de la manta en árabe. Qué detalle. Las mantas parecían estar
prendidas por alfileres y se caían a cada rato. Parecía como si fuera una
representación adecuada del gobierno iraquí de transición.
Al fin de cuentas, la fuerza de ocupación está por encima
de los ciudadanos iraquíes y éstos no pueden darse el lujo de imponerle nada a
Estados Unidos. Ni siquiera el tiempo suficiente para redactar una nueva
constitución y organizar las elecciones. La autoridad de ocupación ha instruido
al Consejo de gobierno para que se tome sólo seis meses para aprobar esa nueva
Constitución. Los consejeros admiten en privado que ese no es un plazo razonable.
Para soportar este remake del antiguo colonialismo,
es comprensible que se requieran dosis cada vez mayores de pragmatismo. Como la
que tuvieron los colaboradores locales con la ocupación estadounidense de
Grenada en 1983 y Panamá en 1989, las últimas invasiones de la guerra fría.
(Con la colaboración de Raúl Fajardo).
2. El camino de la
muerte
Los más de 500 kilómetros que separan a Bagdad de la
frontera con Jordania están llenos de soledad y de olor a muerte. Hace doce años,
los aviones militares estadounidenses bombardearon sin cesar esta carretera.
Ahora, el camino está asolado por pandillas que derriban las torres de energía
electrica para robar el cable o asaltan a sangre y fuego los convoyes civiles
de hasta seis u ocho vehículos. Rob Collins, del San Francisco Chronicle, dice:
“Andar el camino a Bagdad es como jugar a la ruleta rusa. O te cae un obús, o
te disparan los soldados o te matan los bandidos. Lo único que te queda para
garantizar tu seguridad es rezar, rezarle mucho a quien tú quieras”.
El camino es una línea recta trazada hacia el horizonte.
Empieza en Jordania, tres horas antes de llegar a la frontera. A los lados, lo único
que se ve es la arena sepia que se oscurece más con la vastedad de piedras
negras esparcidas por el desierto. Un tendido eléctrico nos acompaña a lo largo
del viaje y de vez en cuando se avistan rebaños de ovejas cafés que comen de la
hierba necia que crece a lo largo de la carretera y le da el matiz verde al
desierto.
Tariq, el chofer, dice que toda Jordania está cubierta de
arena y piedras negras. No hay oasis ni se ven camellos, pero en el camino hay
pueblos como Al Sawafi donde reciben al visitante con una tacita de café y se
venden botellas de agua fría de marca Ghadeer. La leyenda en la botella
dice que su agua nace milagrosamente en las profundidades del desierto, en el
corazón de las montañas del Sahara, cerca de la ciudad antigua de Petra.
A medida que la frontera más se acerca, comienza a sentirse
la proximidad del ojo de la tormenta imperial. Con excepción de Afganistán y en
cierto modo Palestina, no hay otro país en el mundo que sufra la misma ocupación
militar. Jordania ha militarizado su frontera con Iraq y participa con sus
efectivos en la vigilancia fronteriza. Las inmediaciones están saturadas de
pequeños vehículos blindados, tiendas de campaña y soldados esparcidos a lo
largo del camino. Aún así, el jordano no deja de dar la impresión de ser un ejército
pobre y mal equipado.
Tariq pide no tomarle fotografías a los policías mientras
cruzamos un retén, en la municipalidad de Ruwayshed Al Jadida, a unos 90 kilómetros
de la frontera. Los camiones que se dirigen a Iraq van cargados de vehículos
marca Sephia, Priego, Sam Sung; materiales de construcción, borregos color
desierto. Se ven casas al lado del camino, pero no se advierten calles. Algunas
paredes en Ruwayshed City, la penúltima antes de la frontera, tienen pintado el
signo de la paz, el mismo que usaba John Lennon.
La última vulcanizadora del lado jordano está a unos 50 kilómetros
de la frontera. El camino siguen siendo una línea recta hacia el horizonte, que
se pierde al fondo, en el color gris del cielo. Más adelante deja de haber
casas. Sólo hay tiendas de campaña, un rebaño, de esos que se alimentan con los
matices verdes del desierto y luego soledad y más soledad. Tariq disminuye la
velocidad para pasar por uno de los últimos retenes de la policía, a 20 kilómetros
del límite jordano. Pero únicamente se revisan a los carros que vienen de
regreso de Iraq.
Diez kilómetros antes de llegar a la frontera está Al
Karama, el último poblado jordano. Hay una planta de energía eléctrica y un
centro médico. ¿Quién se vendría a vivir a esta parte del mundo? Nadie parece
verle utilidad por el momento. Quizá cuando Iraq deje de vivir la guerra, los
jordanos se interesarán en asentarse en estos páramos. Después de todo ya tiene
la experiencia de levantar Amman, en el mismo desierto, las misma arena, las
mismas piedras.
Un retrato del Rey Hussein nos dice que la municipalidad
terminó y que Jordania ha llegado a su límite.
Al contrario de la frontera de Tajikistán con Afganistán,
la línea fronteriza parece desmilitarizada. La policía jordana revisa
documentos y cajuelas y hace algunas preguntas, pero no más. Algunos iraquíes
en tránsito, la mayoría choferes de los camiones de carga, esperan en las
oficinas migratorias de Jordania como resignados a esperar el trámite,
sentados, con las túnicas ennegrecidas ya por el polvo y las piedras del
desierto. Es el mediodía y la temperatura alcanza los 40 grados centígrados,
diez grados menos del calor que hizo la semana pasada.
Jordania trata de conservar una flema casi británica y
mantiene de su lado una tienda Duty Free. Adentro hay clima
condicionado, está fresco y se venden chocolates KitKat, lociones Paco Rabanne,
relojes y maletas de lujo que no parecen interesarle al tipo de iraquí bañado
en sudor y sucio de desierto que suele pasar por aquí para aventurarse por el “camino
de la muerte”.
En el lado iraquí las cosas cambian. Los alambres de púas
entran en la escenografía. Algunos mexicanos que participaron en los escudos
humanos para impedir el bombardeo a Bagdad antes de la invasión estadounidense
contaban que, en tiempos de Saddam Hussein, el paso en la frontera solía ser
rudo y difícil. Los soldados de Hussein lo revisaban todo, hasta el contenido
de los archivos en los disquetes de la computadora.
Pero ahora, únicamente se ve a la nueva policía iraquí,
vestida de civil, que nada revisa. Al contrario, los oficiales apenas hojean
los pasaportes, no hacen preguntas y apuran a la gente a pasar. Cruzamos tres
retenes sin dificultad. Tariq les dice que lleva a “VIP people” y logra que el
trámite sea más expedito. Ya lo conocen, dice, él cruza a diario esta frontera.
El último oficial de la cadena pone pretextos, dice que
faltan sellos y nos obliga a dar marcha atrás. Tariq se enerva y grita en voz
alta: “En Iraq todos se creen jefes, este lo que quiere es dinero, pero no le
vamos a dar”.
A un lado, sin intervenir, se encuentran un efectivo del
Tercer Regimiento de Caballería Blindada del Ejército de Estados Unidos. El
primer soldado del Ejército de ocupación parece abrumado por el calor,
recargado en una barda, sin intervenir en el trasiego de gente y vehículos que
pasan frente a él. Dice que es de Florida y pregunta si queremos hablar con su
sargento. Pero el sargento está ocupado platicando con un grupo de policías
iraquíes. Los demás compañeros se encuentran dentro de las oficinas de la policía
fronteriza donde hay aire acondicionado. Tampoco intervienen abiertamente en
las labores de la garita. Sólo salen cuando advierten la presencia de
periodistas. Uno de los voceros dice: “Hemos tenido una experiencia positiva,
tenemos una buena relación de trabajo con los iraquíes y los estamos ayudando a
regular el tráfico de personas y carros”.
Al salir de la garita un iraquí nos despide con esa sonrisa
franca y noble que distingue a los iraquíes. Aquí empieza el camino a Bagdad un
recorrido más por el desierto. Lo primero que vemos a un lado de la carretera
son automóviles, mejor dicho el esqueleto de lo que fue de ellos, destruidos,
quemados y abandonados a lo largo del camino, sin nadie que los recoja.
De vez en cuando la soledad y el calor llevan a pensar en el
calvario que sería tener una llanta reventada en medio de la nada, a muchos kilómetros
de distancia de la única vulcanizadora visible en el camino a Bagdad. No tarda
en verse el primer convoy del Ejército de Estados Unidos. Avanza rápidamente en
sentido contrario, hacia la frontera. Más adelante empiezan las primeras
evidencias de la destrucción. Un puente bombardeado en los primeros días de la
invasión , torres del tendido eléctrico derribadas. Tariq dice que fueron
asaltantes que las derriban para robarse el cable y vender el cobre.
Tariq maneja su automóvil a 160 kilómetros por hora, porque
en esta carretera no hay nadie que lo detenga. “No hay gobierno”, dice este
joven, uno de 11 hermanos, 8 varones y tres mujeres. Él estudio televisión en
la Universidad de Bagdad, pero se dedica a ser chofer. Dice que ha perdido a
dos hermanos en la guerra: uno en el conflicto con Irán y otro en la guerra del
Golfo Pérsico.
A la velocidad que va, Tariq alcanza a un convoy que
transporta a cerca de cincuenta carros de bomberos custodiados por una patrulla
de blindados de Estados Unidos. Hay que detenerse y pasar despacio. La
resistencia ha sometido a los soldados estadounidenses a un asedio constante,
la paranoia está al máximo y éstos están prestos a disparar a lo que se mueva.
Entonces hay que moverse lo menos posible, pasar frente a su vista despacio y
luego alejarse rápidamente.
Al pasar por Ramadi los convoyes militares de Estados
Unidos se multiplican, pasan frecuentemente a un lado y otro del camino. Entre
esta ciudad y Fallujah se ha creado un infierno para la fuerza de ocupación.
Este tramo del camino a Bagdad también es famoso por los asaltos a mano armada.
Es evidente que Tariq ha presionado más el acelerador y su auto se come más y más
kilómetros. Un día antes, en Khaldiya, a 90 kilómetros de Bagdad, la
resistencia detonó bombas al paso de los convoyes militares y atacó los vehículos
con fuego de armas automáticas y lanzagranadas. El combate duró ocho horas.
Llegaron cuatro helicópteros de ataque y se utilizaron aviones para bombardeara
a los atacantes. Los soldados de Estados Unidos dispararon durante horas contra
las casas de los campesinos.
Tariq se ve feliz cuando entramos a los suburbios de
Bagdad. Es su ciudad. Está contento y nos invita a la boda de Mohammed, uno de
sus mejores amigos. Son las 6 de la tarde, bajó la intensidad del sol y la
gente sale a la calle de compras, a comer o a pasear. Y mientras, en las calles
se ve el paso frecuente de patrullas, de blindados, de vehículos con los
soldados, fusil en mano y con el dedo en el gatillo. Los helicópteros de ataque
sobrevuelan la ciudad. Aquí también se juega a la ruleta rusa.
3. El zoológico de Bagdad
El estruendo de una explosión a varios kilómetros de
distancia rompe el silencio que reina en Al-Zawra, el zoológico de Bagdad. Pudo
ser otro atentado contra las tropas de ocupación, pero nadie sabe a ciencia
cierta qué sucede. Los escasos visitantes de este parque siguen su camino como
si se tratara de olvidar a toda costa lo que no sea viernes, el sagrado día de
descanso de los iraquíes.
El zoológico era uno de los lugares predilectos para pasear
con la familia. Era uno de los orgullos de Bagdad. Ahora no lo es. En su lugar
está un parque desolado y árido, cuyo acceso principal está obstruido por las
serpentinas de púas de acero, como las que abundan en esta ciudad sitiada por
las tropas estadounidenses, la policía iraquí y los activistas de la
resistencia.
Para los habitantes de Bagdad, Al Zawra es ahora un lugar asolado
por las bandas de asaltantes. Pocos se atreven a venir de paseo al parque
La gente se niega a visitar el zoológico porque, dice un
padre de familia que se atrevió a traer a su hijo, hay mucha inseguridad. Después
del caos que provocó la entrada de las tropas estadounidenses en Bagdad, el 9
de abril pasado, las bandas de asaltantes asolan el zoológico a plena luz del día.
El parque fue una zona de batalla entre las tropas de
Saddam Hussein y los efectivos estadounidenses. Un testigo mudo, pero evidente
de la crudeza de los combates es la parte reconstruida en la jaula de los
leones luego del impacto de un proyectil que dejó un boquete como de tres
metros cuadrados por donde escaparon los animales. La versión oficial, según
una crónica del Atlanta Journal Constitution, asegura que las tropas de
Estados Unidos regresaron a cuatro leones capturados en las orillas del río
Tigris y que tuvieron que matar a dos que se habían convertido en un peligro
para la gente. Según la versión que se cuenta aquí, los soldados mataron a
cuatro leones.
Además de la muerte de animales durante los combates entre
las milicias de Hussein y las tropas estadounidenses, el zoológico sufrió la
mayor pérdida de su historia cuando una muchedumbre de iraquíes invadió el
parque, forzó las jaulas y sustrajo a la mayor cantidad de animales posible.
El saqueo del zoológico se facilitó porque en la primera
etapa de la toma de Bagdad, las tropas estadounidenses estaban absorbidas por
los cruentos combates contra los focos de resistencia iraquí. No hubo nadie que
lo pudiera impedir. “Era imposible
detenerlos”, dice Saad Jassim Ahmed, de 23 años, cuidador de animales en el
parque Al Zawra desde hace dos años. Saad muestra en el pecho una credencial
que lo acredita como empleado del zoológico, firmada por el capitán Phillip J.
Borders, comandante del 40 batallón del ejército de Estados Unidos.
Después del saqueo y de varios días de abandono de los
animales sobrevivientes, la compañía Charlie de la Tercera División de
Infantería del ejército estadounidense tomó control del zoológico, limpió los
restos de la batalla y resguardó las entradas. Comenzaron a llegar los
donativos de caridad de las sociedades zoológicas de Atlanta y Carolina del
Norte mientras la Autoridad Provisional de la Coalición organizó a los
empleados del parque y les incrementó los salarios. Antes ganaban en dinares
iraquíes lo equivalente a 12 o 13 dólares mensuales, ahora ganan cerca de 180 dólares
mensuales. Están felices.
Sin embargo, el daño
a reparar es enorme. De los 650 animales existentes antes del 9 de
abril, ahora sólo se conservan 45 ejemplares, reconoce el doctor veterinario
Adel Salman Musa, director del zoológico. Sólo se salvaron los animales salvajes
que sobrevivieron a la guerra y al saqueo.
“Estos animales fueron primero víctimas del embargo y después
de la guerra”, dice Salman. Explica que los 13 años del embargo estadounidense
provocaron que los animales estuvieran alimentados por debajo de las normas
internacionales, que no tuvieran las revisiones médicas necesarias y que se
careciera de materiales indispensables como la anestesia.
Los soldados estadounidenses abandonaron el parque luego de
un escándalo mayúsculo que ahora está sometido a investigación judicial. El
doctor Salman explica que la noche del 18 de septiembre pasado, un par de
militares borrachos entraron al zoológico y se acercaron demasiado a la jaula
del tigre de bengala. El tigre lanzó zarpazos contra uno de ellos, le cercenó
un dedo y lo atrapó del hombro, poco antes de que el otro soldado le disparara
en la cabeza.
Ahora está presente la policía iraquí. Entrar al zoológico
en estos días es como meterse a un campo de concentración. A pocas personas se
les antojaría atravesar las barreras con púas de acero para ver a los animales.
El director se muestra optimista. Por primera vez, dice, la
alimentación de los animales ha alcanzado las normas internacionales y existe
la promesa de la Autoridad Provisional de la Coalición de entregarles más
dinero. Haría falta. Los animales parecen hambrientos e inquietos.
A lo lejos se distinguen dos helicópteros Black Hawk que
empiezan a sobrevolar el área de donde provino el estallido. En pleno centro de
Bagdad, un comando de la resistencia arrojó una granada contra una patrulla
estadounidense y falló. En lugar de los soldados, el explosivo mató a cuatro
civiles iraquíes. También por eso las
familias ya no se atreven a venir al zoológico los viernes, el día de descanso.
4. Las desapariciones forzadas
Abdan Jiber, de 53 años, habitante de la comunidad de Oro
Blanco, en las afueras de Bagdad, es una víctima de las desapariciones forzadas
que se empiezan a configurar en el trato del Ejército de Estados Unidos hacia
los prisioneros sospechosos de cometer un atentado contra las tropas
estadounidenses.
La familia no sabe nada del paradero de Abdan, desde la vez
que un tanque de las tropas de ocupación derribó las paredes de su casa el pasado
15 de julio y los soldados se lo llevaron detenido. Las tropas sorprendieron a
Abdan durmiendo con su familia en la azotea, a la intemperie, como se
acostumbra en Iraq en tiempos de calor.
Su esposa, Ngeya Ashour, de 45 años, muestra con sus manos
dónde y cómo entró el blindado estadounidense a su casa, cómo ellos intentaron
escapar inútilmente y luego cómo su vecino, Mohsen Alí, quiso protestar contra
la presencia de los soldados y cayó acribillado en su establo, a un lado de sus
vacas, caballos y búfalos.
Ngeya cuenta que los soldados se llevaron a Abdan y a sus
cuatro hijos. “Yo estaba durmiendo cuando ellos destruyeron mi casa, me
detuvieron y me llevaron junto con mi padre al aeropuerto”, dice Ahmed, el hijo
mayor de Abdan. “Luego me dijeron que ellos tenían informes de que yo guardaba
armas en secreto. Me preguntaban: ¿dónde está el grupo con el que te reúnes?, ¿por
qué atacas a los soldados americanos? Después me soltaron, luego a mis
hermanos, pero se llevaron a mi padre a Basra y desde ahí no lo he vuelto a ver”,
dice Ahmed.
Ahmed y Ngeya, no saben nada sobre el paradero de Abdan. En
la prisión de Abu Graib, un oficial del Ejército de Estados Unidos le dice a
los familiares de prisioneros y personas desaparecidas que regresen el 9 de
febrero para darle seguimiento a sus casos. Un oficial explica que cada día se
permite la entrada a la prisión de sólo 10 personas. Por eso a las personas que
han venido hoy se les tiene que dar cita hasta febrero, dice el oficial.
Un oficial estadounidense de origen sirio promete a las
madres que están ahí que él revisará de nuevo la lista de prisioneros para
decirles si algunos de sus familiares está ahí. Los soldados vigilan
constantemente a las mujeres que llegaron a reclamar a sus familiares. Un par
de vehículos humvee, blindados y atestados de soldados y rifles, salen de la
prisión. El oficial que vigila la entrada levanta la espiral de púas de acero
para que pasen los carros. Las mujeres se cubren el rostro con el velo, ante la
entrada y salida de los vehículos estadounidenses, cuyo paso las baña de polvo.
Luego de una media hora llega un camión medio lleno de
pasajeros, acompañado de varios blindados, con soldados metralleta en mano. Son
más detenidos. Los de abajo y los de arriba intercambian rápidamente señas para
dar nombres, lugares de procedencia y los mensajes que puedan, antes que los
metan a la prisión. La experiencia de estas madres, es que los nuevos hombres
que están ingresando corren peligro. Yebriya, una mujer cuyo rostro es una
mueca de dolor, se lleva las manos a la cara y empieza a llorar y rezar.
Esta no fue la única tragedia ocurrida en la comunidad de
Oro Blanco, en Abu Graib, famosa por la
producción de crema de la leche del búfalo iraquí, y por la ferocidad de los
combates entre las tropas de la Coalición y los miembros del ejército iraquí.
Zaynab Mohsen, una hermosa niña iraquí de 12 años, sufrió la ejecución de su
padre. Azur Hussein, de 67 años, el padre de Ngeya, muestra cómo una de las
habitaciones de su casa fue destruida parcialmente por el disparo de un tanque
y, un poco más allá, por una bomba cluster. Ya sólo le quedan tres habitaciones
cuyas paredes están resquebrajadas. Nadie les ha pagado nada. No hay nadie que
les ofrezca una indemnización. Desde las ruinas de la casa de Azur, se ven
otros techos y casas destruidas. En las calles se advierten restos de tanques
del ejército de Saddam Hussein, como testigos mudos de estos meses aciagos para
Iraq.
Los casos abundan. Nayeeh Abbas Ahmad, detenido en Um Qasr,
después liberado por falta de pruebas, fue de nuevo detenido aunque ahora sus
familiares ya no conocen su paradero. Yebriya llora desconsolada mientras
alcanza a decir que no sabe donde están sus cuatro hijos: Ali, de 43 años;
Mohammas, de 33; Hussein, de 23 y Ahmed, de 21, todos ellos detenidos por los
soldados de Estados Unidos. “Ahora sólo me quedan las niñas, ya no hay hombres
en casa”, dice ella. Turky Nahie, un
hombre con barba cerrada y el entrecejo muy arrugado, asegura que a sus hijos
Salah, de 27 y Falah, de 24, se los llevaron primero al aeropuerto y después a
un lugar que desconoce.
La situación de los prisioneros se ha tornado crítica en
Iraq. Las agrupaciones de derechos humanos estiman que en las prisiones de todo
el país existen cerca de dos mil detenidos en forma irregular. Sin embargo,
nadie se atreve a dar una cifra exacta. La inexistencia del gobierno en Iraq y
la rigidez con la que Estados Unidos está tratando el tema, hacen que no
existan condiciones para que se conozca con exactitud cuántos prisioneros de
guerra existen en Iraq. Los familiares pasan largos calvarios para encontrar a
sus familiares en las diversas prisiones ahora controladas por tropas de la
Coalición.
Las denuncias de los familiares arrojan evidencias sobre la
concentración e incomunicación de
prisioneros relacionados con la resistencia armada en lugares de detención
desconocidos. Estados Unidos ha llegado a negar la ubicación de personas que
fueron vistas por última vez como prisioneros de las fuerzas de la Coalición.
En términos globales, el asunto de los prisioneros de guerra ha llevado a
Estados Unidos al límite de la violación del derecho humanitario。
Ahora existe en Iraq una posibilidad mayor de que los
familiares realicen protestas y recorran en las prisiones, lo que quizá no
existía en el pasado reciente. Sin embargo, Ahmed se pregunta: “De qué sirve
haber derrocado a Saddam Hussein, si Estados Unidos está haciendo lo mismo o
peor”.
5 . Bagdad
En plena ocupación militar, con el paso frecuente de los
vehículos blindados y bajo el estruendo de los helicópteros que vigilan el
inicio de las clases en Bagdad, los niños van a la escuela muy quitados de la
pena.
Los niños y sus padres son como una reproducción en pequeño
de la variedad de estilos y formas de vida que comienza a aparecer en la
sociedad iraquí. Todos, sin excepción, van muy arregladitos, pero unas visten
como lo hacen las niñas en la ciudad de México y otras van con mascadas en la
cabeza, como en Bagdad.
A las 8 de la mañana, cerca de 950 alumnos de la escuela
Margaayun, en el distrito de Karrada, se forman en el patio. Esta sí es como
toda escuela primaria, con una cancha de
básquetbol con las clásicas cestas a una altura reglamentaria y absurda, muy
lejos del alcance de los niños. Los alumnos de la Margaayun se forman mochila
en mano. Algunos tienen su backpack y otros simplemente llevan una
bolsita de plástico. Lo acostumbrado es la escasez de útiles escolares, bajo el
embargo económico contra Iraq.
A los cinco minutos después de la hora de entrada, las
maestras hacen esfuerzos para contener a los padres de familia que quieren
meterse tarde con su hijos. Un señor trata de convencer a las maestras, pero lo
hace a gritos y manoteos, como suele suceder entre los hombres de Bagdad. Un
hombre de pantalón azul marino y camisa azul clara con un distintivo que dice
IP, Iraqui Police, observa de cerca la escena pero no interviene. Afuera hay más
padres de familia de la mano con sus hijos. Entre ellos se escucha la queja de
que llegaron tarde porque los soldados de la Coalición cerraron varias calles
de acceso a la escuela.
Esta semana empezó el primer ciclo escolar de la época post
Saddam Hussein. Después de seis meses de gobierno, Estados Unidos busca
aprovechar cualquier ocasión para asestar golpes simbólicos al líder iraquí
depuesto. Y qué mejor que desaparecer su imagen de los dinares, la moneda
nacional iraquí, y de los libros de texto.
La Autoridad Provisional de la Coalición (CPA, por sus
siglas en inglés) y el Consejo de Gobierno de Iraq, ordenaron a todas las
escuelas del país a usar los nuevos libros de texto y desechar los libros del
antiguo régimen. Se crearon muchas expectativas por los cambios al sistema
educativo que impondría Estados Unidos como fuerza de ocupación.
Aunque Saddam Hussein generó un crecimiento importante de
la infraestructura educativa, existen actualmente 120 universidades en el país,
impuso también una visión rígida basada en la doctrina nacionalista del partido
Baath y en el culto a la imagen del presidente iraquí.
Pero Estados Unidos apenas ha logrado sostenerse como
fuerza de ocupación, mientras tampoco ha mostrado plenamente su capacidad de
gobernar y de mantener los servicios básicos que requiere una población de 24 millones
de personas. El Consejo de Gobierno iraquí, a pesar de su provisionalidad y de
su fragilidad frente a los ataques de la resistencia, ha logrado obtener de la
Coalición los recursos necesarios para mantener el funcionamiento del sistema
educativo. No hay planificación y no se tiene una idea exacta del presupuesto
educativo en Iraq.
El Ministerio de Educación vive en una etapa complicada. El
ministro estaba en Europa. Las oficinas centrales quedaron inutilizadas durante
el bombardeo. No hay viceministros, sino asesores que se encargan de atender
los sectores educativos. La asesora en Finanzas, que se encarga de Programación
y Presupuesto, no tiene a la mano la cifra del gasto nacional, pero afirma que
el gasto educativo es grande y sólo está superado por el gasto en defensa
nacional.
A pesar de que la Coalición proporciona los recursos que
necesita el Consejo de Gobierno, no pudo completar la impresión de las decenas
de millones de ejemplares que implica desaparecer en los libros de texto la
propaganda a favor de Saddam Hussein. El Consejo aceptó su fracaso y terminó
dando la orden de arrancar todas las páginas donde aparece el retrato de
Hussein y se defiende al nacionalismo.
Por supuesto que esa campaña era también difícil de
cumplir. Pero por lo menos Ahmed, el niño que se sienta en la primera banca del
salón de tercer grado de la escuela Margaayun no está ni enterado y su libro
tenía aún intacta la página donde está impresa la cara sonriente de Saddam
Hussein.
¿Cuántos de los 4 millones de niños y adolescentes de las
escuelas iraquíes estarán en la situación de Ahmed? Es difícil decirlo. Nadie
en el viejo edificio provisional del Ministerio de Educación podía dar alguna
idea sobre si se había cumplido o no con la orden del Consejo de Gobierno. No
había libros nuevos, ni se había removido la imagen de Hussein.
Son más de 12 mil escuelas primarias y secundarias en todo
Iraq. Pero la gran mayoría de ellas
comenzaron el ciclo escolar con otras preocupaciones: ¿Cómo hacer que los niños
lleguen sanos y salvos, además de puntuales, a su escuela? ¿Con qué pagarán los
padres el gasto de los útiles escolares? ¿Cómo va a repercutir en los niños la
violencia armada que se extiende a lo largo de toda Iraq? ¿Cuándo y quiénes van a restituir todo lo que
saquearon de las escuelas en los días posteriores a la toma de Bagdad? ¿Cuánto
tarda en llegar el transporte escolar entre tanta calle bloqueada por las
fuerzas de la Coalición?
6. La resistencia en Tikrit, es
la mas cruenta en todo Irak
Estamos en la ciudad de origen de Saddam Hussein y nos toca
sentir la sacudida de una explosión que ocurre a varios kilómetros de
distancia. Se ve de inmediato cómo se levanta una gran columna de humo que se
recorta contra el cielo azul y puro de Tikrit. Esta la tercera explosión que
ocurre en lo que va del día.
A seis meses de la ocupación militar, la resistencia en
Tikrit es cada vez más cruenta. La frecuencia de los ataques contra las tropas
estadounidenses es mayor aún que en Bagdad y Falluja. Estas tres ciudades
componen lo que Estados Unidos llama el triángulo sunita, el foco de
resistencia más firme y concentrado en Iraq.
La ciudad,
localizada a 300 kilómetros al norte de Bagdad, está semidestruida.
Abundan los escombros de casas y edificios. En los momentos más intensos de la
guerra, la aviación estadounidense se lanzó con toda su carga contra los
habitantes de esta ciudad. Los objetivos fueron militares y civiles por igual.
Poco después del 9 de abril, día en que el presidente Bush
dio por concluidas las operaciones militares tras el colapso del régimen de
Saddam Hussein y la caída de Bagdad, se erigió una feroz resistencia en el triángulo
sunita, aunque diversos testimonios indican que los ataques contra las tropas
del ejército de Estados Unidos ocurren a lo largo de todo el territorio iraquí.
Los habitantes de esta ciudad, sin embargo, dicen que la suya es la más fuerte
de todas las resistencias.
“Aquí los ataques y las bombas contra los americanos son
cosa de todos los días. Para nosotros, eso ya no es una sorpresa”, dice Adman,
este joven de 23 años, hijo de un general de la ex Guardia Republicana. Su hermano mayor es un ex piloto
de la fuerza aérea iraquí y otro hermano es un policía, de los que
EstadosUnidos pretende entrenar para mantener el orden público.
Cuenta el hermano de Adman: “En la clase, el profesor, un
militar estadounidense, nos dijo que su país había venido para ayudarnos a
construir la democracia y nos preguntó lo que era democracia para nosotros.
Entonces le respondí: democracia es lo que hacen ustedes: disparar contra los
niños, bombardear las casas, arrestar a nuestros amigos”.
Los estadounidenses han tenido que levantar cuarteles en
toda la ciudad para demostrar a la población de Tikrit que no tolerarán ni la más
mínima demostración de resistencia. Afuera de la casa de Adman hay un enorme
cuartel militar. Se puede avistar desde ahí lo que fue la casa de un vecino,
destruida junto con su automóvil. El vecino construía su casa y ese día llevaba
en su carro a los trabajadores. Poco antes de bajarse del auto, estalló un
proyectil que demolió lo ya llevaban construido. A los cuantos segundos, otro
proyectil alcanzó el carro de su vecino. No hubo ninguna explicación.
Adman también vive a unos pasos del palacio de Saddam Hussein,
ahora convertido en una fortaleza militar estadounidense. Dice, mostrando
cierto orgullo, que tuvo la oportunidad de conocerlo personalmente cuando él
era un niño.
Muy conocedor de la parafernalia bélica que Estados Unidos
ha traído a Iraq, Adman nos comenta que también los blindados bradley y los
helicópteros apache, huey y black hawk son comunes en esta zona de Iraq. El
enfrentamiento es fuerte. Los habitantes de Tikrit dicen que los soldados de la
Coalición usan balas expansivas llamadas dum–dum. Cuando entran y hacen
contacto, las esquirlas se expanden dentro del cuerpo.
Adman nos lleva a la “calle Misil”, como ahora le llaman a
una parte de esta ciudad. Nos imaginamos que aquí hubo una residencia porque lo
único que se ve ahora son escombros. Uno de los cuartos que aún quedaron en pie
muestra el tamaño de boquete del proyectil que entró de lleno en esa casa: es
una abertura en la pared como de dos metros de diámetro. Hey Al-Moelmen, un
vecino, nos comenta que en este lugar murieron 4 personas y 75 alrededor
quedaron heridas.
Los vecinos afirman que el ataque fue injustificado. Aquí
no había ninguna unidad militar combatiendo ni nada, dice Al-Moelmen, mientras
busca entre las ruinas de la casa un pedazo de misil. Encuentra uno, lo
sostiene con las manos mientras dice: “Esta área fue construida en los años 70
y vivían sólo maestros”. Según Adman, este fue disparo lanzado desde un Hornet,
uno de los aviones de combate más poderosos de Estados Unidos.
La ciudad es una demostración de una lucha continua que se
ha librado durante más de seis meses. En las últimas dos semanas, se ha
incrementado la actividad de la resistencia y al mismo tiempo de la
contrainsurgencia de la Coalición. “Esta zona es muy, muy peligrosa para los
soldados americanos”, dice Adman.
Con sus 147 mil habitantes, Tikrit es una ciudad pequeña en
comparación con Bagdad, Mosul en el norte o Najef en el sur. Su importancia sin
embargo está en que esta ciudad nació Saddam Hussein, y aquí están las familias
de casi todos los varones que fueron parte de la oficialidad castrense del
depuesto líder iraquí.
En Tikrit se asientan la sede de la alcaldía y del gobierno
estatal, ambas con fuerte presencia del ejército estadounidense. No se sabe si
esta presencia es disuasiva hacia dentro o hacia fuera de los edificios de
gobierno. El caso es que las dos
autoridades, que comenzaron después del colapso del régimen de Saddam Hussein,
fueron electas por el voto mayoritario de las tribus de Tikrit. Aunque con
diferencias en el matiz, ambas autoridades están en contra de la ocupación.
A un lado de la oficina del alcalde de la ciudad se
encuentra un edificio ocupado por las fuerzas de la Coalición. Una barrera de
tres metros de altura tapa la mayor parte de la fachada del edificio, las
ventanas están llenas de costales usados para la protección de trincheras,
alrededor de la construcción está una barrera de alambre de púas y el pasillo
de entrada termina en una puerta abierta donde un escritorio sirve para que
descanse una metralleta que, por su tamaño, casi es una pieza de artillería.
Esta es la oficina de relaciones civiles militares del Ejército estadounidense
y está dispuesta para atender los asuntos de los iraquíes. Si un civil quiere
resolver ahí un problema, deberá acercarse a algo que más que edificio público
parece búnker.
El Palacio de Saddam Hussein también era y es un bunker
militar de grandes dimensiones. Localizado a la orilla del río Tigris, el
Palacio recuerda el esplendor de la era de Saddam Hussein. Aquí celebraba
algunos de sus cumpleaños. En realidad, pocos iraquíes vieron al líder depuesto
en persona alguna vez en su vida. Ahora la entrada principal del Palacio está tapizada con ladrillo y
cemento y sólo se accede por las entradas secundarias donde los vehículo de
combate Bradley, de los que fueron construidos especialmente para la operación
Tormenta del Desierto, apunta la metralleta calibre 25 milímetros a quien se
acerque a pie, o en carro.
Tanto el alcalde como el gobernador tienen que aceptar y reconocer
como un hecho la presencia militar estadounidense, pero no están de acuerdo con
ella.
Huseein Jassim Al – Jubury, el gobernador de la provincia
de Salahadyn, donde se asienta Tikrit, asegura que ninguna ocupación militar
tiene lados positivos, pero añade que la entrada de las fuerzas de la coalición
ayudó a los iraquíes para deshacerse definitivamente de Saddam Hussein.
Sin embargo, el gobernador Jassim, un general retirado del
ejército, y miembro destacado del partido Baath en el pasado, afirma que después
de la ocupación, “no hemos visto ninguna democracia, todo lo contrario; el
desarrollo económico está paralizado por completo; la situación está muy mal”,
dice el gobernador.
“No podemos explicar cómo nos sentimos”, dice Jassim. “Nosotros
somos un pueblo herido. Si la situación no prospera, si seguimos sin gobierno,
entonces miles de iraquíes se van a sumar a la resistencia. Ahora 1 de cada 10
mil personas está en la resistencia. Al rato la proporción va a cambiar: si
seguimos igual tendremos a 1 de cada mil personas en la resistencia y podemos
llegar a ser 1 de cada 100 personas”.
A diferencia de los integrantes del Consejo de Gobierno,
Jassim no fue designado por la Coalición, sino electo por los jeques de la
provincia. Según el gobernador, el Consejo no tiene una autoridad real, está
dirigido por la Autoridad Provisional de la Coalición y ha fallado en la creación
de un verdadero gobierno en Iraq”.
“Tenemos que desarrollar una nueva personalidad iraquí, una
que esté alejada de la venganza como forma de vida. El deseo de venganza creará
a su contrario y llevará al país a un baño de sangre”, dice el gobernador. “Lo
que nos queda es asegurar que ningún país extranjero interfiera en nuestros
asuntos nacionales. Iraq debe de ser para los iraquíes”.
Wail Al-Ali, el alcalde de Tikrit, piensa similar, pero añade
que la situación económica debe de mejorar muchísimo y el gobierno provisional
claro, para evitar que en esta ciudad o en cualquier otra parte del país se
produzca un fenómeno de balcanización.
“Este era el pueblo de Saddam Hussein, pero vea usted qué
pobre es,” dice el alcalde. “Nos faltan escuelas, ya tenemos 13 mil, pero nos
faltan otras 7 mil, nuestro pueblo no tiene casas, todos los ex soldados se van
a regresar a Tikrit y habrá problemas de vivienda, además del desempleo”.
“Necesitamos que la Coalición salga de Iraq, para que el
gobierno provisional comience a funcionar correctamente. La unidad nacional es
muy importante para crear a una nueva Iraq, con una sola bandera y una sola
meta.”, afirmó el alcalde.
7. Bagdad
Un niño, como de 11 años, se acercó al vehículo blindado.
Frente a él, dos humvees estadounidenses se habían detenido en medio del
congestionamiento.
Estos blindados suelen pasearse por las calles de Bagdad y
son famosos por su capacidad de fuego y la paranoia de sus tripulantes. Van en
grupos mínimos de dos vehículos. En ambas torretas, los soldados siempre llevan
las manos puestas en el gatillo y a menudo apuntan el fusil hacia la gente. Uno
va con el cuerpo y la plataforma de su metralleta mirando hacia delante. El
otro, hacia atrás.
Los habitantes de esta ciudad habían salido desde muy
temprano a trabajar y saturaban esa altura de la carretera a Ramadi, en las
afueras de Bagdad. Al entrar o salir del camino, los autos quedaban atravesados
y la carretera se convertía en un gran estacionamiento. Los vehículos blindados
de la Coalición quedaron atrapados en el tráfico, algo frecuente en la ocupación
de Bagdad, aunque posiblemente fatal para los soldados.
Los comerciantes de
Abu Graib no vieron nada extraño. Decenas de curiosos suelen juntarse en este
lugar cerca de los vehículos militares de la Coalición. Así que la presencia
del niño pasó casi desapercibida.
De repente, el blindado que iba atrás, en la retaguardia,
explotó. Lo único que siguió fue confusión y disparos. Fue un asunto de décimas
de segundo. Si uno pudiera describir una sucesión fotográfica con los retazos
de lo que la gente vio, estaríamos ante lo siguiente: El vehículo se detiene.
Un niño se acerca. Tiene un objeto en la mano. Lo arroja. Empieza la carrera
hacia el mercado. Los soldados vuelven la cabeza hacia él. El niño sigue
corriendo. Atrás de él, ocurre una explosión. El humvee queda destrozado
y, con él, sus ocupantes.
Otra tragedia sucedió después y está documentada con el
testimonio de parientes de las víctimas y de testigos en el mercado. Un soldado
estadounidense respondió con fuego a discreción moviendo su arma en un compás
de casi 180 grados. Fue un medio círculo de fuego. Pudo haber sido muy grave,
pero los habitantes de Bagdad, ya saben lo que tienen que hacer. Quienes
estaban en el mercado se tumbaron al suelo, otros lograron parapetarse detrás
de bloques de cemento, otros más corrieron detrás de las casas.
El soldado debió disparar con gran nerviosismo, pues hay
impactos de proyectiles por todas partes. Los comerciantes muestran el lugar
donde quedó el cuerpo de Afrah, una niña de 7 años. Su padre, un hombre alto y
corpulento, que viste una disdasha blanca, la túnica que usan los iraquíes,
dice que escuchó los disparos, pero no pudo ver de dónde venían. La escena de
los vehículos y la granada ocurrió alrededor de 250 metros de donde él se
encontraba con su hija. Pero nunca vieron nada. Entre ellos y el soldado que
disparaba había además un puesto de ropa tapado con paredes de plástico. Uno de
los comerciantes muestra el hoyo de una bala que pasó por la cortina de plástico
y milagrosamente, apenas le rozó el cuello.
“Llevábamos la verdura que habíamos comprado en el mercado
y entonces vi que ella estaba tirada en el piso con un balazo en la cabeza”,
dice Abu Hassan, el padre de Afrah. El hombre se sentó junto a su hija y empezó
a llorar. A unos pasos de él había más víctimas. Vic Hassan, de 37 años, padre
de tres niños, también quedó tirado en el piso, con un disparo en la cabeza. Su
hermano, un hombre iraquí que tiene dibujado su dolor en el entrecejo, me
muestra en silencio el reloj de Hassan. El pequeño reloj Dmax tiene la carátula
rota y las manecillas están paradas al marcar las 7:35 de la mañana, la hora en
la que Hassan cayó acribillado.
El reporte de policía afirma que una persona que dice ser
hermano de la víctima reporta que Vic Hassan fue baleado por el ejército de
Estados Unidos en el mercado de Abu Graib, poco después de las 7 de la mañana,
del 10 de septiembre de 2003. Un vehículo de Estados Unidos recibió disparos y
los soldados comenzaron a disparar a lo loco (randomly)
8. Daño colateral
Los grupos de derechos humanos que nacieron después del
colapso del régimen de Saddam Hussein están documentando esos casos de “daño
colateral”. Según las leyes del derecho internacional que regulan la guerra, un
soldado tiene derecho a disparar en la dirección de donde proviene el fuego que
se dispara en su contra. Esto supone que la dirección de los disparos será
específica hacia los puntos de donde se produce el fuego enemigo.
Pero en Iraq, los soldados de la Coalición responden a los
ataques de bombas o granadas con fuego a discreción hacia todas partes lo que
aumenta el número de bajas civiles, dice Paola Gasparoli, integrante de
Occupation Watch, una organización que se ha dedicado a documentar casos de
violación a los derechos humanos durante la ocupación militar.
El caso de Abu Graib es más que paradigmático. El fuego
nunca provino del mercado, sino de la granada que alguien arrojó muy cerca y
explotó dentro del blindado. El soldado que repelió el ataque, en cambio,
disparó a diestra y siniestra en un ángulo de 180 grados, mientras el mercado y
sus alrededores estaban atestados de personas. Las víctimas fatales estaban a más
de 200 metros de distancia y las tiendas de plástico impedían el contacto
visual entre el soldado que disparaba y los civiles que se encontraban
accidentalmente en el área.
Con mucho trabajo, pues apenas empiezan a desarrollar la
experiencia de documentación de casos de
violación a los derechos humanos, los organismos no gubernamentales iraquíes
están investigando cinco casos de muerte de civiles por el fuego indiscriminado
de los soldados. Ismaeel Mohamed, un miembro de la Asociación Patriótica para
la Promoción de los Derechos Humanos en Iraq, afirma que si organización ha
documentado seis casos de fuego indiscriminado, uno de ellos de una mujer. “Los
soldados de Estados Unidos disparan hacia todas partes, sólo se interesan en su
propia seguridad y no les importa si los civiles resultan heridos o caen víctimas
de su propio fuego”, dice Ismaeel.
Impedido por un régimen que castigó con rudeza todos los
experimentos autónomos para defender los derechos humanos, el movimiento ha alcanzado un número de cerca
de 40 organizaciones en Iraq después del
colapso del gobierno de Saddam Hussein. La multiplicación de los grupos de
derechos humanos, sin embargo, se ha visto obstaculizada por la pasividad de la
población frente a los casos de abuso y exceso en el uso de la fuerza militar
por parte de las tropas estadounidenses.
Esa pasividad se explica en parte, porque la gente se niega
a acudir a las oficinas militares a denunciar sus casos y exigir por lo menos
la investigación del hecho y una indemnización por el daño ocasionado a las víctimas,
afirma Gasparoli.
Esta afirmación tiene fundamento. Las quejas se tratan ante
el Centro de Operaciones Civiles - Militares del Ejército de Estados Unidos
(CMOC). Estas oficinas están localizadas en bases completamente fortificadas
con barricadas, alambre de púas, costales de arena, metralletas y vehículos
blindados. “Es muy difícil que las víctimas civiles del fuego de las tropas de
la Coalición vengan a este lugar y pidan atención para solucionar su caso”,
dice Gasparoli frente a uno de los retenes de la oficina del CMOC en Bagdad.
9. Justicia militar
Hay quienes ni siguiera sospechan que tienen una
posibilidad de quejarse y obtener una indemnización económica. Medan Adnan, de
17 años y habitante de Tikrit, es uno de ellos.
Medan tiene una herida profunda en la pierna derecha. Su
padre le quita la venda para que vea la magnitud de la herida. La cicatriz mide
como 15 centímetros. Adnan recibió el impacto de una bala expansiva, conocida
aquí como Dum Dum. Las radiografías muestran las esquirlas distribuidas en la
pierna. Los médicos hablan de un daño en los paquetes nerviosos que le impiden
mover la extremidad.
Hace un mes, seis soldados iban a pie en una patrulla
nocturna por la calle Al Arbain, donde iba Medan. Medan estaba por entrar a su
casa después de un rato de andar en bicicleta cuando vio a lo lejos a los
soldados estadounidenses. Nunca oyó
ninguna explosión, ni tiroteo alguno. Por su testimonio, nunca ocurrieron
combates entre la resistencia de Tikrit contra las tropas de la coalición. No
vio cuando le apuntaron ni sintió cuando le dispararon. Sólo cayó
repentinamente al suelo junto a su bicicleta. Tenía la pierna destrozada. No le
dolía. Se levantó, tomó de nuevo su bicicleta y manejó hasta una ambulancia que
se apareció a la orilla del camino. Ahí perdió el conocimiento.
Las organizaciones de derechos humanos aún no han llegado
hasta Tikrit. Adnan Yassin Hammani, padre de Medan, trató de presentar una
demanda ante un juez iraquí, pero este denegó la petición, diciendo que
instrucciones ejecutivas de Paul Bremer, administrador de la Autoridad
Provisional de la Coalición (CPA), los soldados estadounidenses gozaban de
inmunidad ante cualquier ley iraquí. El CMOC de Tikrit habla de daño colateral
y se refiere a Yassin Hammami como alguien que busca compensación financiera
para su hijo herido en una situación de daño colateral.
Estados Unidos considera como daño colateral a los daños
ocasionados a no combatientes (civiles) en una situación de combate. El
problema está en que Estados Unidos declaró oficialmente suspendidas sus
operaciones de combate el 1 de mayo de 2003.
Para que Yassin Hammami pueda atravesar todos los trámites
necesarios para conseguir una “compensación” para su hijo debe de viajar hasta
el palacio donde se asienta la Autoridad Provisional de la Coalición. La CPA
está en el Palacio de Saddam Hussein, un complejo de edificios donde se
asentaba la guardia republicana y la habitación del líder depuesto. Ahora el
Palacio es un bunker de la Coalición y sólo entran personas autorizadas después
de pasar varios retenes militares y andar caminos trazados con alambre de púas. Después tiene que viajar en microbuses que
llevan pasajeros de un edificio a otro. Nadie puede abordar esos autobuses sin
la identificación debida y expedida por la CPA. Puede entrar a pie, pero eso
implica caminar por donde pasan los tanques y blindados a toda velocidad. Ningún
iraquí atravesaría solo todos estos caminos.
El siguiente problema es que, debido a que Estados Unidos
no reconoce la legitimidad de ninguna ley iraquí para normar el comportamiento
de sus soldados, ni acepta tampoco las leyes del derecho internacional
humanitario sobre sus tropas, entonces la única ley posible de aplicar es la
del Ejército. “Y usar esta ley es una tarea tan compleja y laboriosa que se
vuelve casi imposible para un iraquí normal”, dice Gasparoli.
Fahmi Azíz recibió una ronda de balas dum dum el estómago y
sobrevivió, dice, por la gracia de Dios. Fahmi fue baleado cuando se preparaba
para irse a Ramadi, un viernes, después de un día de descanso en la ciudad. Está
prácticamente tumbado en una cama del hospital de Kufia Egal en Falluja, que
junto con Tikrit y Bagdad es uno de los tres vértices del llamado triángulo
sunita, el infierno actual de las tropas de la Coalición y también el infierno
de muchos civiles.
Este hospital tiene sólo 73 camas para una población de más
de 600 mil personas. Y la Coalición no le ha entregado materiales médicos para
su funcionamiento, dice el doctor Rafe H. Chiad, director del hospital. Durante
la guerra y después en la etapa de la resistencia, el hospital estuvo saturado
con civiles heridos de bala. Desafortunadamente, el hospital atiende ahora sólo
a dos heridos de bala. Desafortunadamente porque en el último acto de fuego
indiscriminado sólo sobrevivieron dos de diez policías de Falluja. Los demás
perecieron acribillados por tropas de la Coalición.
Ala Hashim, de 24 años, recibió impactos de balas en la
espalda. “Recibimos la orden de seguir a un auto desde el cual se hicieron
disparos contra el edificio del alcalde. Lo perdimos frente al hospital.
Entonces un grupo de soldados de la Coalición estaba escondido y disparó contra
nosotros. Mataron a todos. Sólo dos sobrevivimos. Los soldados no nos dieron
ninguna ayuda. Nos tuvieron tirados en el piso, desangrándonos durante cuatro
horas. Póngase en nuestros zapatos, que sentiría usted hacia los americanos?”.
El comandante del Batallón estadounidense en Falluja le dio
a Ala Hashim 1000 dólares, pero como un regalo, no como una compensación.
Regreso a clases en la Universidad de Bagdad
10. Destruida, la Universidad
se ha vuelto una trinchera
Regreso a clases en la Universidad de Bagdad. Los alumnos
se cuecen en los salones de las plantas altas bajo el intenso calor del otoño
iraquí. No hay corriente eléctrica ni clima acondicionado en el campus. Sólo
unos cuantos alumnos alcanzaron bancas y no todos los profesores conservaron su
escritorio, o incluso sus oficinas. El estado de desastre y los salones
quemados recuerdan todavía el saqueo y los incendios que ocurrieron durante la
toma de Bagdad.
La comunidad ha llevado materiales diversos a la Universidad,
los maestros han puesto su dinero para rehabilitar algunos laboratorios, los
ingenieros militares de Estados Unidos han reconstruido algunos edificios, pero
nada de eso es suficiente. Aún se siente una gran inseguridad y se ha
desplomado la asistencia de las estudiantes. Varios jóvenes armados con fusiles
kalashnikov controlan el acceso al campus universitario. Para un
extranjero, eso es algo fuera de lo común, pero en este país los puestos de
control, sean militares, policiacos, de las milicias, o de los mismos
estudiantes es algo normal. La universidad parece una gran trinchera rodeada de
alambre de púas y gente armada. A eso se agregar la presencia de las fuerzas de
ocupación dentro del campus universitario.
En ese sentido, la vida en la Universidad no se distingue
mucho de la vida que ahora tiene Bagdad: la presencia regular de tropas, de kalashnikov,
de retenes, de alambradas de púas. Sin embargo, las mismas universitarias
presentan uno de los pocos contrastes existentes. Este es uno de los escasos
lugares de la ciudad, posiblemente el único, donde las jóvenes se dejan ver
como son, sin preocuparse por vestir la trejab, esa mascada que cubre la
cabeza de las mujeres iraquíes o las túnicas tradicionales. Eso ya pasó a la
historia. Algunas se pasean en el campus
con pantalones y ropa ajustada, como suele ser normal en otras universidades,
pero que en el mundo musulmán eso apenas está dejando de ser un hecho insólito.
Este campus se salvó de los combates entre las fuerzas de
ocupación y las tropas de Saddam Hussein, pero no de los asaltos y el
vandalismo que azotaron a Bagdad. En las últimas semanas de abril, cientos de
individuos ajenos a la universidad entraron por la fuerza, comenzaron a saquear
los salones e incendiaron las bibliotecas de los departamentos de lenguas rusa
y alemana. Miles de libros se perdieron, el fuego alcanzó la parte superior del
edificio y dejó inutilizable el auditorio. Algunos profesores afirman que los
asaltantes eran hordas provenientes de Kuwait que llegaron a la ciudad acompañando
a las tropas de la Coalición. Aunque no existen aún evidencias suficientes para
probar lo anterior, lo que sí es cierto y está documentado es algo que
permanece en el corazón y memoria de los universitarios iraquíes: los
asaltantes entraron a la Universidad, la saquearon e incendiaron salones y
bibliotecas ante la pasividad de los soldados.
“Nosotros aceptábamos el cambio de régimen, pero lo que
vino después fue terrible. Vimos a los soldados permitir que saquearan todo
para crear una situación de caos. Ellos pudieron haber impuesto un toque de
queda para evitarlo, pero permitieron todo el saqueo que ocurría ante sus ojos”,
dice el doctor A. Y. Salim, director del Departamento de Lenguas Rusas de la
Universidad. “Lo único que protegieron fue el Instituto del Petróleo”, agrega
Salim. “Lo demás no les importó”.
No es ese el único agravio que sienten los maestros. La
presencia de tropas estadounidenses en el campus de la Universidad de Bagdad,
así sea solamente para tareas de reconstrucción de los daños, viola la autonomía
universitaria. “Está prohibida la presencia de militares dentro de la
Universidad. Esta Universidad tiene estatus de autónoma y creo que ese es un
principio general en todo el mundo”, dice Salim.
El batallón 16 de ingenieros de la Primera División
Blindada del Ejército estadounidense ha llegado desde Alemania con la misión de
reconstruir algunas partes de la Universidad. Estarán hasta marzo del próximo año,
explica el teniente coronel John Kem, al mando del batallón. Los soldados
ayudaron a reparar algunos salones para posibilitar la realización de los exámenes,
suspendidos como consecuencia de la guerra.
Con 60 mil dólares de la Autoridad Provisional de la
Coalición, los soldados contrataron a ingenieros y trabajadores iraquíes para
reconstruir el dormitorio de mujeres y el museo de historia natural. Kem
explica que dentro de unos días los alumnos tendrán una televisión grande en la
sala de descanso y habrá cocina, regaderas, paredes y baños limpios.
La presencia de las tropas se ha vuelto algo normal en esta
universidad, aunque no termina de aceptarse ni de provocar fricciones con los
estudiantes, principalmente los varones que rechazan cualquier contacto de las
mujeres con los soldados. Se ven actitudes distintas hacia las fuerzas de la
Coalición, pero la mayor parte no se les
acerca, Sólo algunas universitarias lo hacen y aceptan platicar largo rato con
los soldados.
Un estudiante pasa cerca y grita algo en árabe. Las jóvenes
dicen que les han exigido que no se acerquen a los estadounidenses. El soldado
Acuria, de origen ecuatoriano, pero enlistado en las filas del Ejército de
Estados Unidos, se queja de los reclamos de los varones de la Universidad. “Sí,
se acercó un joven y les reclamó que para qué estaban platicando con nosotros.
Pero para eso estamos aquí, para cambiar esas ideas. Nosotros estamos aquí para
hacerle un bien a la Universidad. Ya reconstruimos el dormitorio de las mujeres
que estaba hecho una porquería”.
Esta es la primera misión de Acuria en un país extranjero.
Vive en Nueva York, donde llegó hace varios años con sus padres. Sea en Ecuador
o en Estados Unidos, para él es normal platicar con una estudiante
universitaria y no entiende por qué en Iraq se molestan los estudiantes.
El doctor Burhan Hallal Hussain, profesor en el
Departamento de Lengua Rusa de esta universidad, habla del choque cultural que
ocurre en la convivencia entre los soldados de las fuerzas de ocupación y los
habitantes de Iraq: “La situación es compleja y delicada, la sociedad no puede
aceptar como normal la relación de las jóvenes con un ejército de ocupación, no
es correcto y no se acepta. Claro, es posible que una mujer que trabaja como
traductora o guía tenga que relacionarse con ellos, pero no se aceptan otro
tipo de relaciones”.
Hallal cita también el caso que publicó la prensa local
sobre tres soldados estadounidenses que decidieron convertirse al Islam y
casarse con mujeres iraquíes. La madre de uno de ellos le envió una carta a su
hijo diciéndole cuál era la ley que prohibía a un estadounidense casarse y
formar una relación con una mujer musulmana. Hace unos días, en un puente de
Bagdad una mujer soldado del Ejército de Estados Unidos colocó un cartel que en
el que a un iraquí a casarse con ella. “Eso habla de lo complejo que puede ser
todo esto”, añade el profesor Hallal.
Ni el futuro inmediato de la Universidad de Bagdad ni de
Iraq en general está claro. Ese esplendor de la educación universitaria que se
tuvo con la creación de cerca de 120 universidades durante la época de Saddam
Hussein la se perdió. Después de tres guerras y de un embargo muy prolongado,
las universidades vivieron una etapa muy difícil. La incertidumbre se refleja
en los comentarios de muchos iraquíes sobre la contradicción que viven entre el
rechazo a la ocupación y la necesidad de aceptarla.
Para Salim, en general se tiene una situación mejor que
antes cuando se vivía bajo una dictadura. Sin embargo, afirma, “el problema es
que con esa dictadura había orden y con esta ocupación lo que predomina es
desorden. Nunca había visto una situación tan difícil, la gente no tiene en qué
vivir, cómo vivir. Es irónico pensar que Estados Unidos sea tan poderoso como
país, pero que no pueda hacer nada en Iraq”.
El profesor A. M. Farhan piensa que “en el discurso los
americanos hablan de un Iraq libre y abierto a todo el mundo, pero en la práctica
han gestado un caos inimaginable, total”. Farhan critica que Estados Unidos
quiera absorber y administrar los recursos de la comunidad internacional para
la reconstrucción de Iraq. “Como país ocupante, Estados Unidos no quiere hacer
nada”.
Hallal va más lejos. Afirma que los intereses de Estados
Unidos son los más lejanos de los intereses del pueblo iraquí, pero acepta que su país está en una
encrucijada: “Si el ejército de ocupación abandona Iraq prematuramente,
entonces puede haber una guerra civil muy cruenta. Así que estamos atrapados”.
A las dos de la tarde, los estudiantes comienzan regresar a
sus casas. Ya es hora de comer y el calor sigue insoportable. Mañana será otro
día. Ninguno de los profesores y estudiantes que empezaron el nuevo curso
pierde la esperanza de que todo mejore. Ish Alá, dicen. (Con la colaboración de
Raúl Fajardo)
11. Bagdad
Secreta e invisible, organizada en pequeñas células de no más
de seis combatientes, la resistencia iraquí ha sido capaz de enfrentar al ejército
de ocupación con más de 20 ataques al día, inflingirle más bajas que en cada
una las guerras del Golfo Pérsico, destruir sus vehículos y afectar la moral de
las 150 mil tropas de Estados Unidos en Iraq.
“Apenas es el comienzo”, dice Saleh Abdulah, ex coronel de
la Guardia Republicana en el régimen de Saddam Hussein. “Normalmente, los países
ocupados necesitan dos años para reorganizarse y empezar una resistencia. En el
caso de Iraq, las operaciones contra la ocupación apenas tardaron un mes y
medio después del fin de la guerra. Esta resistencia crecerá y tiene planes
para expandir sus operaciones”, dice el experto.
Para Abdulah, la resistencia ha estado empujando a las
tropas de Estados Unidos a pasar de una posición ofensiva a la defensiva. La lógica
histórica de la guerra irregular, especialmente la de Vietnam, demuestra que
los grupos pequeños o agrupamientos de milicianos no pueden derrotar a un ejército
regular que está en una posición ofensiva.
La resistencia iraquí ha sostenido una campaña permanente
de emboscadas con armas ligeras y explosivos operados a control remoto contra
convoyes militares de la Coalición, principalmente estadounidenses, a su paso
por las carreteras o las calles de las ciudades iraquíes en el país. Los
ataques se realizan a todas horas del día y se concentran principalmente en lo
que Estados Unidos llama el triángulo sunita, una figura que forman las
ciudades de Bagdad, Tikrit y Falluja, en una zona atestada de simpatizantes
duros de Saddam Hussein y donde provenía la mayor parte del ejército y la
guardia republicana.
Dice que uno puede identificar un acto típico de la
resistencia cuando se escucha una explosión, se ve una columna de humo y luego,
el sobrevuelo de los helicópteros. El ejército estadounidense bloquea rápidamente
los accesos, evacua a muertos y heridos, limpia el sitio del atentado y
controla la información que obtienen los medios.
Otros actos de la resistencia son la explosión de coches
bomba, conducidos por combatientes suicidas y dirigidos contra blancos
cuidadosamente seleccionados. Hasta la fecha, estos atentados se han dirigido
contra la ONU, las embajadas de Jordania y Turquía y las oficinas de la CIA y
el FBI en esta ciudad.
Iraq se convirtió en el centro de los combatientes
extranjeros para combatir a Estados Unidos. “En general, las operaciones
suicidas están realizadas por combatientes internacionales y no son comunes en
la resistencia iraquí. Cuando se usa el suicidio como parte de una operación
uno puede ser exitoso o no. En cambio, con las operaciones no suicidas, se
pueden realizar muchas operaciones”, afirma el experto.
La resistencia fue alimentada por Estados Unidos, que
permitió que el ejército de Saddam Hussein terminara casi intacto, conservara
sus armas y luego desapareciera sin que la fuerza ocupante tuviera control
sobre los ex integrantes del ejército. “La mayor parte de los ex militares
iraquíes no regresaron sus armas. La resistencia está importando una gran
cantidad de armas. Pueden comprar de cualquier clase. Después de la caída de
Bagdad, las kalashnikov, por ejemplo, se pueden conseguir por 25 dólares”, dice
el ex coronel de la Guardia Republicana.
Casi diariamente se desarrollan acciones de la resistencia
a lo largo de todo el país, dice Abdulah: “No menos de 20 ataques u operaciones
contra las tropas americanas ocurren a diario. Si asumiéramos que la mitad de
esos ataques fallan, una segunda mitad exitosa es un número importante”.
La resistencia iraquí ha sido predominantemente urbana y
ocurre en lugares donde hay población civil. Esta circunstancia ha sido
aprovechada por Estados Unidos. “Hemos visto que los soldados norteamericanos
llevan dulces para repartirlos a los niños en los retenes. Esto persigue dos
metas: Quieren disfrazar su presencia como si fuera un acto humanitario y,
segundo, están usando a los niños como un escudo militar”.
Hasta ahora, el Ejército de Estados Unidos utiliza
patrullas de dos o tres vehículos con no más de cinco elementos en cada uno y
evita colocar puestos de revisión dentro de Bagdad, para disminuir el daño
causado por los ataques de la resistencia.
En general, la resistencia contra Estados Unidos está
logrando ser más secreta, más efectiva y ha mejorado sus tácticas, afirma el
experto. “Al principio ellos no usaban el control remoto. Ya lo están usando
cada vez más y más. Han llegado a activar explosivos a 100 metros de distancia. Ahora lo usan a
200 metros. La resistencia realiza ataques fuera de la ciudad para evitar las
bajas civiles y el tiroteo indiscriminado de los soldados de Estados Unidos”.
Según Abdulah, la resistencia es invisible. Usualmente
realiza los ataques en la noche. Está compuesta por grupos muy pequeños de no más
de cinco combatientes. No necesitan armas pesadas. Usan morteros, RGP y armas
pequeñas como pistolas y rifles para moverse rápidamente. Ellos usan las tácticas
de la guerra irregular o del combate especial, que depende del movimiento rápido,
de no llevar armamento pesado y del secreto en cada estado de las operaciones.
Las acciones no se realizan en ningún momento o lugar específicos, usan el
tiempo y el lugar de acuerdo con su conveniencia.
El principal poder de la resistencia iraquí es su
invisibilidad y secreto, dice Abdulah. “Sin embargo, el punto más débil de
nuestra resistencia es el espacio que tienen las tropas americanas dentro de la
sociedad iraquí”.
Abdulah afirma que Estados Unidos tiene una muy buena logística
y capacidad de abastecimiento, además de armas sofisticadas. La fuerza aérea y
el uso de helicópteros le proporcionan muchas ventajas. Con la sofistificación
del armamento de su ejército, Estados Unidos puede ocupar cualquier país, pero
el problema real es por cuanto tiempo tendrá la capacidad de mantener la
ocupación
12. La revolución shiíta
En Najaf
Varios miles de musulmanes oran en la
mezquita de Kufa, una de las ciudades sagradas de los shiítas en el sur de
Iraq. Su líder, Muktada Al Sader, un joven de 24 años, hijo de una familia de líderes
asesinados, ha dicho que Najaf y toda la región shiíta a su alrededor serán la
sede de un gobierno autónomo que no reconocerá la Autoridad Provisional de la
Coalición, ni tampoco la del Consejo de Gobierno de Iraq, ambos erigidos tras
la ocupación militar estadounidense.
A los oídos de Estados Unidos, las
palabras del líder shiíta pueden sonar como un declaración de guerra y de hecho
lo son. Muktada encabeza una de las corrientes más radicales del pensamiento
shiíta y tiene su enclave principal en esta ciudad. Su grupo fue devastado por
el régimen de Saddam Hussein. Su padre y sus hermanos murieron asesinados. Y
ahora organiza y entrena a las milicias Al Mahdy, el ejército shiíta.
La ceremonia religiosa está custodiada
por integrantes de Al Mahdy. Parapetados en lo alto de los gruesos y enormes
muros de la mezquita, los milicianos portan armas largas y vigilan los
alrededores. Nadie extraño puede acercarse sin ser interceptado por los
cinturones de seguridad. La Coalición no está presente. La advertencia de los líderes
shiítas fue contundente: Si quieren mantenerse seguros, no entren a la ciudad.
Si entran, no respondemos por su seguridad. Y no entran. El último retén de
soldados de la Brigada Plus Ultra está a varios kilómetros de distancia.
Al Mahdy tiene fuerzas regulares y
especiales. Dentro de la mezquita es fácil distinguirlos. Andan desarmados, se
cubren la cabeza y el rostro con turbantes y cuidan la seguridad de los miles
de feligreses que han llegado de todas partes de Iraq, Irán, la India y Pakistán.
Adentro de la mezquita también están los
mujaidines, soldados de fuerzas especiales que andan desarmados y se cubren la
espalda con pequeñas mantas blancas. Salaam, un joven experto en computación,
dice que antes de morir los shiítas se visten con una ropa blanca muy sencilla
que les recuerde su origen humilde. Para los soldados, vestir ese tipo de manta
significa que ellos ya se consideran muertos y no le temen a la muerte. Están,
por tanto listos para entregar su vida por la defensa del pueblo shiíta.
Se ha hecho una gran excepción al
permitir el paso de periodistas no árabes dentro de la mezquita de Kufa. El
apoyo de la familia de Salaam permite zanjar los primeros retenes en la entrada
de la mezquita. Ya adentro, nadie nos garantiza nada. Uno tras otro, milicianos
de las fuerzas especiales del ejército de Muktada nos revisan incesantemente,
ven las credenciales, preguntan quiénes somos, de dónde venimos, por qué
estamos ahí, qué queremos. Adman, hermano de Salaam y líder religioso de
Babilonia, tiene que intervenir varias veces para evitar que nos saquen de la
mezquita.
Totalmente concentrados en su ceremonia
religiosa, los varones escuchan a su líder y rezan, se hincan, acercan su
rostro al piso y se levantan en una sincronía perfecta. Las mujeres, todas
vestidas con túnicas negras que les cubren de la cabeza a los pies, forman un
grupo más reducido atrás de los varones. Uno puede empezar a comprender aquí cómo
es que las miles de personas reunidas en esta mezquita se mantienen
cohesionadas por la religión y la historia. Una historia por cierto de crímenes
y atrocidades contra la población shiíta.
El régimen depuesto de Saddam Hussein
diezmó al pueblo y líderes shiítas. Salaam nos cuenta que sus familiares fueron
asesinados y torturados en las cárceles de los servicios de inteligencia de
Hussein. Su hermano Adman pasó varios años como prisionero político del régimen
y usa bastón como recuerdo amargo de las sesiones de tortura.
Cuando terminan la oración colectiva,
Muktada Al Sader se retira entre los gritos y aclamaciones de los musulmanes
reunidos. Es un hombre preparado para luchar contra la ocupación. Afuera de la mezquita de Kufa, las tropas de
Al Mahdy marchan disciplinadas.
Adman nos lleva a un pequeño recinto en
Kufa donde los shiítas honran la memoria del ayatola Mohammed Sadek Al Sader y
dos hijos asesinados en febrero de 1999. La gente entra y reza. Saeed, un abogado que pasó 3 años de exilio
en Irán después de 8 más de tortura en la prisión de Abu Graib, en Bagdad, nos
dice que antes de la ocupación militar el régimen de Saddam Hussein prohibió la
visita a este templo. Quien llegara acá corría el riesgo de ser colgado, pero
la gente venía de todas maneras. Afuera de este pequeño templo está un pizarrón
con los nombres de todos los líderes shiítas asesinados por Hussein.
No es difícil percibir el odio a todo lo
que provenga de la era de Saddam Hussein. Salaam prácticamente nos prohíbe
venir acompañados del traductor que nos ha acompañado en Iraq. Wada, según Salaam,
es un sunita reconocido entre la comunidad shiíta de Bagdad como un agente que
trabajó para los servicios de inteligencia del régimen de Hussein. Tú no sabes
para quién trabaje ahora, dice Salaam. Wada puede incluso venderte y no puedes
confiar en él.
Venir a la región shiíta sin traductor
tiene por supuesto todas las desventajas. Esta región es intensamente rica en
historia y cada palabra de sus habitantes está basada en un sistema de
creencias que permanece vigente por siglos. Por tanto no es fácil comprender ni
siquiera con la ayuda de un traductor normal. Salaam en cambio nos ofrece la
traducción sin cobrarnos un centavo. A este joven iraquí le gusta enseñarnos su
cultura e insiste en que vayamos al cementerio de Nayaf.
Todo en Nayaf fue construido hace mil
500 años. Con el paso del tiempo, el cementerio se ha extendido a lo largo de
40 kilómetros donde se han acumulado uno a uno los restos de millones de
musulmanes shiitas que saben que sus días van a terminar ahí. En 1991, cuando
Saddam Hussein perdió la primera guerra del golfo Pérsico, la población iraquí
empezó una insurrección general que la llevó a ocupar todas las ciudades
importantes en el camino a Bagdad. Hussein decidió suprimir el alzamiento a
sangre y fuego, con artillería, blindados y bombardeo aéreo. Desde entonces el
inmenso panteón tuvo calles internas. Saddam Hussein las mandó construir porque
supo que en el cementerio se escondían los rebeldes shiítas.
Las mezquitas de Najaf, también con una
edad de mil 500 años, fueron construidas no sólo como lugares para orar la
letra del Corán, sino como fortalezas para la protección del pueblo shiíta.
Cuando Mohamed Baqr al Hakim, el presidente del Consejo Supremo de la Revolución Islámica fue asesinado el 29 de
agosto al salir de la mezquita Emam Alí, la explosión del carro bomba destruyó
todas las construcciones a su alrededor, pero apenas y marcó las paredes de la
mezquita.
Saeed piensa que ese asesinato es obra
de la CIA y de los partidarios de Saddam Hussein. No hay nada que lo compruebe,
pero Al Hakim había pedido poco antes de morir que no se atacara a las tropas
de la coalición. Los estadounidenses han soltado la versión de que el crimen es
obra de la resistencia iraquí, principalmente la vinculada con Al Qaeda. También
han dicho que Muktada tuvo alguna participación. Todo es gris en esta zona. Los
shiítas se liberaron de Saddam Hussein, pero están a punto de organizar una
insurrección si las tropas de Estados Unidos permanecen ocupando los
territorios y ciudades sagradas de los shiítas.
Los viernes, día del descanso en la
religión musulmana, miles de personas esperan horas para entrar a la mezquita
donde murió Al Hakim. La gente canta mientras espera su turno y alivia el calor
con rociadores de agua perfumada que cae sobre las cabezas de los fieles
musulmanes. Al Hakim vivía en una vivienda muy sencilla, cerca de la mezquita,
en un pequeño callejón de la calle Al Rasol donde se venden textos sagrados,
periódicos de las organizaciones shiítas, fotografías de los mullahs y plegarias
en casetes y discos compactos. Ahora se ubica ahí la oficina de Muktada Al
Sader, el hombre que puede organizar una insurrección en Iraq.
“Muktada es un hombre muy importante y lo será más en el
futuro”, dice el joven Salaam. “Ya sea porque lo asesina Estados Unidos o los
seguidores de Saddam Hussein y muere como un mártir. O porque termina
encabezando la revolución iraquí”
13. La vida en Bagdad bajo la ocupación militar
Los atardeceres en Bagdad son igualmente rojizos y
acogedores bajo la ocupación militar. Una brisa fresca anima a la gente a salir
a las calles, a llenar los restaurantes, a comprar en las tiendas, o simplemente a sentarse en alguna banqueta y
platicar con sus amigos. Las charlas siguen su curso, aunque frecuentemente se
interrumpen con el rumor creciente que produce el paso de las 30 toneladas de
los Bradley, el vehículo militar de combate que Estados Unidos adaptó
especialmente para la guerra en Iraq.
Los iraquíes ven pasar a las fuerzas de ocupación, y éstas
los ven desde la mira de sus armas y las rendijas de sus blindados. Ninguna de
las dos partes se ha acostumbrado a la otra, pero han tenido que construir la
vida posterior a la caída de Saddam Hussein.
Hace muchos años que no se veían visitantes occidentales en
las calles. Ahora abundan: miembros de ONG internacionales, empleados de compañías
trasnacionales, periodistas y hombres de negocios se mezclan ahora agentes de
la inteligencia estadounidense, británica, israelí y española.
El idioma árabe y la ignorancia occidental de este idioma,
son dos de las principales defensas iraquíes. Muchos visitantes u ocupantes se
ven obligados a usar los servicios de traductores y choferes iraquíes y entre
estos inevitablemente se encuentran agentes encubiertos de los servicios de
inteligencia que alguna vez pertenecieron al viejo régimen y ahora operan en
las filas de la resistencia. La lucha entre del mundo del espionaje en Bagdad
es cruenta. Por lo menos un agente del CESID ha sido asesinado y el hotel donde
se hospedaban los agentes de la CIA y el MOSSAD ha sido atacado con un carro
bomba.
El ambiente se enrarece aún más con los combatientes
extranjeros. Según publicaciones árabes en Bagdad, se estima que cerca de 9 mil
terroristas internacionales han entrado por las porosas fronteras de Iraq,
principalmente la jordana. Estos militantes de grupos islámicos radicales están
cometiendo los principales atentados contra las fuerzas de ocupación. Aunque
aquí en Iraq, la oposición cree que la CIA ha estado detrás de los bombazos
contra las oficinas de la ONU en Bagdad y contra el mullah Mohamed Baqr al
Hakim, el máximo líder shiíta. En esta ciudad sometida a la ocupación y la
resistencia más feroces del mundo, nadie sabe a ciencia cierta quién está detrás
de qué.
La población trata de seguir a duras penas su vida
cotidiana, pero eso es difícil. No hay servicio telefónico y las principales
instalaciones de telecomunicaciones fueron destruidas por el bombardeo
estadounidense. Es imposible hacer una cita por teléfono, los iraquíes tienen
que verse personalmente para arreglar sus negocios. El único servicio telefónico
que funciona es el de la Coalición, unos teléfonos celulares de MCI que se
conectan en Nueva York, pero suenan en Bagdad. Los demás son teléfonos
satelitales. Es frecuente ver a los iraquíes vestidos con sus túnicas largas e
impecables, sus turbantes y sus satelitales en la mano.
La electricidad también está interrumpida. Sólo hay energía
eléctrica unas pocas horas al día y luego hay que emplear las plantas
generadoras de energía que funcionan con diesel o gasolina. Las hay de todos
los tamaños, grandes para los hoteles y pequeñas para las casas particulares.
Por eso Bagdad es una ciudad ruidosa. Cuando uno recorre las calles puede verse
una gran variedad de plantas generadoras que despiden nubes de humo. Bagdad
parece tan contaminada como la ciudad de México. Al humo de las plantas ahora
se agrega la contaminación de una enorme cantidad de autos usados que está
llegando a Iraq tras el levantamiento del embargo. Y si uno le agrega que el
clima de Bagdad es húmedo y el aire está lleno de arena del desierto, entonces
la capa de aire es negra y espesa.
Tampoco sirven los semáforos. Los peatones tienen que
cruzar las calles cuidándose de los automóviles que zumban a 70 u 80 kilómetros
por hora. El tránsito es una locura que se agrava con los retenes de la policía
que estrangulan las calles más céntricas de Bagdad y crean embotellamientos
espectaculares. Cuando ocurre uno de los 20 atentados diarios contra los
soldados estadounidenses, llegan las tropas y cierran perímetros enteros de la
ciudad. Nadie puede pasar y ningún pretexto sirve. La gente sigue caminando o
conduciendo a donde va, como pueda, mientras el humo de las explosiones se
levanta sobre los edificios de Bagdad para dejar testimonio de cuánto cuesta
ocupar un país como Iraq.
La vida entera está alterada. La gente está construyendo su
propia economía, pues no hay por ahora un sistema bancario que organice las
transacciones comerciales. El único banco abierto en Bagdad está fortificado.
En su interior pueden verse mujeres iraquíes, vestidas con sus atuendos
tradicionales, sus mascadas en la cabeza y sus rifles AK 47 en las manos.
Claro, son las guardias de la seguridad del banco. La gente no anda en las
calles tranquilamente con su perro y su kalashnikov al hombro. Pero si quiere,
la puede comprar a 25 dólares y tenerla en casa, para lo que necesite. No hay aún
una policía fuerte para impedir el crimen callejero y de noche, las calles
empiezan a ser peligrosas.
La gente se transporta en microbuses atestados que pasan a
toda velocidad cuando toca la suerte de una avenida despejada. Mucha gente
prefiere taxis. Viajar en los micros de Bagdad es como vivir un pequeño
infierno, el calor se duplica y uno no se explica cómo pueden caber tantas
personas. Como en otras ciudades del mundo, los taxis son utilizados como la
forma más accesible de resolver el problema del desempleo. No se sufre si se
quiere encontrar un taxi y se tienen 750 dinares iraquíes, unos dos pesos
mexicanos, para pagarlo. En estos tiempos, cualquier conductor particular puede
pararse y dar servicio de transporte a quien lo pida. No hay autoridad que
expida licencias ni reclame impuestos.
La iraquí es una de las monedas más devaluadas del mundo.
Un dólar americano puede valer cerca de 4 mil dinares. Durante el régimen de
Saddam Huseein y los años de embargo comercial, el salario promedio de un
empleado era el equivalente de 20 a 30 dólares mensuales. Ahora la clase media
gana entre 200 y 300 dólares al mes. Cuando se paga en dinares iraquíes, la
gente tiene que sacar fajos gruesos de billetes. En el elevador del hotel, un
empleado bajaba muy contento. Tenía un tabique de billetes de los viejos que
tienen aún la cara de Saddam Hussein, envuelto en plástico transparente. El
bulto medía como 8 centímetros de grosor. Al preguntársele por qué llevaba
tanto dinero, el joven iraquí dijo: “Es mi quincena”.
Las banquetas están también repletas de microcasas de
cambio ambulantes que tienen, casi por regla: un iraquí, el dueño y empleado único
a la vez; una mesa rústica de madera y varios kilos de dinares. Ahí acuden los iraquíes que quieren tener en la bolsa
algunos cuantos dólares.
La presencia de los visitantes u ocupantes ha dejado una
derrama de dólares que una parte de los habitantes de Bagdad está aprovechando.
En unos meses, algunos negocios iraquíes tenderán a homologar los precios con
los países de origen de los visitantes, pero por lo pronto la vida es barata en
esta ciudad. Cenar en un restaurante de lujo, que los hay en Bagdad, cuesta no
más de cinco dólares, unos sesenta pesos mexicanos. Los meseros son
extremadamente amables y nunca piden ni por insinuación una propina. Se
contentan con servir bien al cliente y le agradecen su visita.
Es muy llamativo que los varones iraquíes tengan un aspecto
a veces más rudo de lo normal, pero su trato sea fino, cortés, siempre amable.
La mirada de los iraquíes, quizá marcada por tres guerras caso consecutivas y
12 años de embargo, es tierna y dulce. Los hombres se saludan de cuatro besos
en el cachete, caminan juntos tomados de la mano y parecen derretirse cuando
saludan a sus amigos.
Tariq, el chofer, nos invitó a la boda de uno de sus
mejores amigos. Fuimos a un barrio céntrico de Bagdad, estacionamos el carro en
una calle sin pavimentar. Ya estaba anocheciendo y la gente cocina sus pollos
al carbón en la calle. Muchos habitantes de Bagdad parecen felices. Adentro, en
la fiesta que se celebra en un salón de fiestas, la gente está bailando y
cantando. De un lado las mujeres que no bailan y del otro lado los hombres, que
platican y toman refrescos. En la pista, los jóvenes bailan canciones iraquíes.
Nadie consume alcohol. Lo más raro que se ingiere aquí es la pepsi que trajo el
levantamiento embargo, aunque también gustan los refrescos árabes de cola.
Llama la atención que los jóvenes estén tan felices,
mientras allá en la calle, los tanques y los hummers de la Coalición siguen
paseándose por las calles, con el dedo de los soldados en el gatillo y la mira
de sus armas apuntando al cuerpo de los iraquíes. ¿Están realmente felices? “Sí,
somos felices, pero no estamos de acuerdo con la ocupación. De hecho la
odiamos, odiamos a Bush, odiamos a los soldados, aunque amamos al pueblo de
Estados Unidos”, dice uno de ellos. Nos retiramos de la fiesta con la memoria
repleta de las sonrisas y la hospitalidad de estos jóvenes iraquíes. Hay que
irse temprano. Se viene el toque de queda y lo que sigue después son las noches
de terror.
La resistencia prefiere la noche para atacar y los soldados
de Estados Unidos descargan sus armas con más facilidad. De noche, Bagdad es
una ciudad en tinieblas, silenciosa y desolada. Su quietud parece eterna, hasta
que el sonido de los tableteos de ametralladoras, de pistolas y eventualmente
de bombas y granadas rompe el silencio.
Ahora, los estadounidenses han levantado el toque de queda
durante el ramadán, la celebración sagrada de los musulmanes, pero nadie cree
que la resistencia vaya a terminar. Las calles de Bagdad siguen siendo el
escenario mezclado de una población que se resiste a perder su vida diaria y su
felicidad intrínseca, y detesta la presencia de tropas extranjeras. A pesar de
todo, del descuido de tantos años de embargo, de los edificios que aún
permanecen destruidos, de la basura que nadie limpia en las calles, de los
soldados, de las paredes de hormigón y rollos de alambre de púas, Bagdad sigue
siendo una ciudad hermosa, atravesada
por un río, y habitada por gente tan fuerte y resistente que no pierde su felicidad.
La ocupación no ha llegado hasta el alma de los iraquíes.